20 aniversario de Hannah Montana: Las chicas de Disney Channel que nos enseñaron quién ser
Hoy ha vuelto Hannah Montana. Y basta leer esa frase para que pase algo curioso: de repente reaparece toda una escena que muchas no habíamos recordado en años.
La mochila tirada en una silla al volver del instituto. Los deberes abiertos pero todavía intactos. La televisión encendida mientras la tarde avanzaba despacio en casa.
Durante un rato, Disney Channel parecía tener su propio pequeño mundo. Un lugar donde las protagonistas no eran adultas perfectas ni niñas pequeñas, sino algo en medio: chicas que todavía estaban descubriendo quiénes eran.
Allí vivían personajes que parecían exagerados —una estrella del pop que llevaba una doble vida, una adolescente con poderes mágicos que respondía con sarcasmo a todo— pero que, de alguna manera, también resultaban cercanos.
Hannah Montana nos enseñó que se podía ser muchas versiones de una misma persona.
Alex Russo, en Los Magos de Waverly Place, convirtió el caos, la ironía y la inteligencia en una forma muy concreta de personalidad.
En aquel momento parecía sólo televisión ligera de tarde. Canciones pegadizas, risas enlatadas, episodios que empezaban y terminaban en veinte minutos.
Pero con un poco de distancia se entiende mejor lo que estaba pasando allí. Aquellas series no sólo nos entretenían después del instituto.
También nos ofrecían pequeños modelos de identidad: formas distintas de ser chica, de responder al mundo, de construir una personalidad.
Y muchas, sin darnos cuenta, empezamos a probarlas.
La doble vida que todas imaginamos: Hannah Montana
La premisa de Hannah Montana era, objetivamente, bastante absurda: una adolescente normal se ponía una peluca rubia, se subía a un escenario y se convertía en una superestrella del pop… sin que prácticamente nadie a su alrededor se diera cuenta de que era la misma persona.
Pero lo curioso es que funcionaba.
Porque en el fondo Hannah Montana no iba sólo de fama. Iba de algo que a los trece o catorce años se siente muy real: la sensación de que tienes varias versiones de ti misma viviendo al mismo tiempo.
La Miley Stewart del instituto era torpe, un poco dramática, siempre metida en algún lío con Lilly y Oliver. La Hannah Montana del escenario, en cambio, era segura, brillante, llena de frases ingeniosas y canciones que parecían himnos personales.
Y lo fascinante era que ninguna de las dos era mentira.
Una era la chica que aún estaba descubriendo quién era. La otra era la versión que quería llegar a ser.
Quizá por eso la serie conectó tanto con nuestra generación. Porque en esa edad todos tenemos algo de doble vida: la personalidad que enseñamos en casa, la que sacamos con nuestros amigos, la que intentamos construir en el instituto como si fuera un experimento social constante.
Hannah Montana convirtió esa sensación en fantasía pop.
Y durante un tiempo bastante largo muchas crecimos con la idea —muy Disney, pero sorprendentemente poderosa— de que quizá dentro de nosotras también había una versión más segura, más brillante, más atrevida… esperando su momento para salir al escenario.
La inteligente caótica: Alex Russo
Si uno vuelve a ver Wizards of Waverly Place con veintitantos, hay algo que se nota enseguida: Alex Russo era, con diferencia, el personaje más interesante de la familia.
No porque fuera la mejor maga —de hecho, casi nunca lo era—, sino porque era la única que parecía no tomarse todo tan en serio.
Mientras Justin estudiaba hechizos como si estuviera preparando un examen oficial del Ministerio de Magia y los adultos hablaban constantemente de responsabilidad, Alex tenía otro enfoque bastante más simple: probar algo, ver qué pasaba y, si todo salía mal, improvisar.
Era sarcástica con todo el mundo, bastante vaga cuando no le interesaba algo y sorprendentemente brillante cuando sí. Tenía ese tipo de inteligencia rápida que aparece en los comentarios que desarman una conversación en tres segundos.
Pero lo que realmente definía su personalidad era otra cosa: Alex Russo no estaba intentando ser la chica perfecta.
No quería ser la mejor alumna, ni la hija ejemplar, ni la adolescente responsable que aprende siempre la lección correcta al final del episodio. Muchas veces ni siquiera parecía interesada en ganar la famosa competición familiar de magia.
Y en un canal lleno de protagonistas que querían hacerlo todo bien, esa actitud tenía algo muy refrescante. Alex Russo representaba una personalidad distinta:
la chica que entiende las reglas del juego, pero que tampoco siente la necesidad de jugarlo exactamente como se espera.
Un poco caótica. Muy irónica. Y bastante segura de que, pase lo que pase, ya encontrará la forma de arreglarlo.
London Tipton y el privilegio de vivir en tu propio mundo
Si creciste viendo The Suite Life of Zack & Cody, seguramente recuerdas a London Tipton entrando en escena con algún conjunto imposible, hablando como si el hotel Tipton fuera su casa —porque, en realidad, un poco lo era— y diciendo algo tan absurdo que dejaba al resto de personajes completamente descolocados.
London era la hija de un magnate hotelero que casi nunca estaba presente. Su padre aparecía de vez en cuando en alguna llamada o visita rápida, pero la mayor parte del tiempo London había crecido sola entre suites, empleados del hotel y una vida que parecía más un escenario que un hogar. Era, en muchos sentidos, la clásica niña rica: caprichosa, un poco desconectada del mundo real y con una forma muy particular de entender casi cualquier conversación.
Confundía palabras. Malinterpretaba situaciones enteras.
Y parecía vivir en una lógica propia que sólo tenía sentido dentro de su cabeza.
Pero ahí estaba también lo que hacía que el personaje funcionara.
Porque London nunca era mala. Nunca era cruel. Simplemente había crecido en una burbuja de privilegios y exageración que hacía que todo en su vida fuera un poco más dramático, más absurdo, más grande de lo normal.
De hecho, muchas de las cosas que le faltaban no tenían tanto que ver con el dinero como con la ausencia de su padre. Quien realmente terminaba intentando enseñarle cómo funcionaba el mundo era Marion Moseby, el gerente del hotel, que pasaba buena parte de la serie intentando ponerle límites, explicarle la realidad… y fracasando casi siempre.
Y aun así, debajo de todo ese caos, London tenía algo que no siempre se esperaba de ella: lealtad.
Podía ser superficial. Podía ser despistada. Podía parecer que no entendía nada.
Pero cuando se trataba de la gente que le importaba, London aparecía. Y para muchas de las que crecimos viendo la serie, ese detalle terminaba siendo lo más memorable de su personalidad.
Porque entre tantas protagonistas brillantes, mágicas o perfectas, London Tipton representaba otra forma de ser: la chica que vive un poco en su propio mundo, que se equivoca constantemente… pero que tiene un corazón sorprendentemente grande.
Sharpay Evans y la ambición que antes llamábamos villana
Durante muchos años nos dijeron que Sharpay Evans era la mala de High School Musical.
La dramática. La intensa. La que siempre quería ser el centro del escenario.
Pero si vuelves a ver High School Musical ahora, con la distancia de los años, hay algo que empieza a chirriar un poco.
Porque Sharpay no estaba haciendo nada especialmente mal.
Era la chica que llevaba años preparándose para el musical del instituto. Sabía cantar, sabía bailar, entendía perfectamente lo que significaba un escenario y tenía clarísimo que quería el papel protagonista. Mientras el resto de personajes descubría el teatro casi por casualidad, Sharpay ya estaba allí.
Ensayando. Coreografiando. Trabajando para quedarse con el foco.
Y quizá ese era el verdadero problema narrativo del personaje: Sharpay no disimulaba su ambición.
En muchas historias adolescentes, la protagonista “correcta” es la chica que tiene talento pero no parece buscarlo demasiado. Sharpay funcionaba justo al revés. Quería el papel principal, quería el aplauso y no tenía ningún problema en decirlo.
Era intensa, sí. Pero también increíblemente trabajadora.
Vista desde hoy, su personalidad se parece bastante a algo que ahora entendemos mucho mejor: una chica con ambición, con disciplina y con una confianza muy clara en su propio talento.
Y quizá por eso, con el paso del tiempo, muchas de las que crecimos viendo la saga hemos terminado revisando su papel en la historia.
Porque si algo nos enseñó Sharpay Evans, es que a veces el personaje que parecía exagerado o incómodo en la adolescencia… era simplemente el único que tenía claro lo que quería.
Crecer con las chicas de Disney
Si vuelves a pensar en esas series ahora, hay algo bastante evidente: todas tenían una personalidad clarísima.
Hannah Montana era la fantasía de poder ser dos versiones de ti misma sin que el mundo colapsara. Alex Russo era sarcasmo y esa inteligencia un poco desastre que parecía no esforzarse demasiado. London Tipton vivía en su propio universo absurdo entre suites de hotel y drama innecesario. Y Sharpay Evans tenía algo que ahora entendemos mucho mejor: ambición sin ninguna intención de disimularla.
Cuando tenías trece o catorce años no analizabas nada de esto. Simplemente veías los capítulos después del instituto mientras merendabas, te reías de los líos de Alex o repetías canciones de High School Musical como si fueran himnos.
Pero esas chicas tenían algo muy claro: personalidad. No eran versiones neutras de adolescente. Cada una exageraba un rasgo distinto. Y quizá por eso se quedaron tanto tiempo en nuestra cabeza.
Porque, aunque no lo pensáramos así en ese momento, muchas crecimos probando un poco de todo: un día más Hannah, otro más Alex, a veces un poco Sharpay.
Hasta que, sin darnos cuenta, terminamos quedándonos con nuestra propia mezcla.
- Un artículo de Andrea Hernández -







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