En Purcuapà creemos en bajar el ritmo, en volver a las manos y en esas cosas sencillas que, sin hacer ruido, nos devuelven a casa.
Hay tardes que llegan sin anunciarse y, aun así, pesan. El día ha sido suficiente —ni bueno ni malo— y al cerrar la puerta algo sigue girando por dentro, como una olla olvidada al fuego, todavía tibia, todavía insistente.
La casa permanece quieta. La luz de la tarde se posa sobre la mesa con cuidado. El aire no huele a nada concreto. Todo parece esperar. Y en ese instante mínimo, la mano se detiene: ir hacia la pantalla o quedarse.
Quedarse es un gesto lento. Remover una sopa con una cuchara de madera hasta que el tiempo se espese. Abrir un libro sin intención de avanzar. Mancharse los dedos —de harina, de tinta, de pintura— y no limpiarlos enseguida,
como si ese rastro tuviera algo que decir.
No es rechazo del mundo ni nostalgia de otro ritmo. Es una forma silenciosa de cuidado. Una manera de bajar el fuego sin apagarlo.
Porque cuando las manos encuentran algo que hacer, la mente deja de girar. Aprende, por fin, a quedarse.
Y en ese quedarse —tan sencillo que casi pasa desapercibido— empieza el descanso.
Cuando el descanso no descansa
Durante mucho tiempo creímos que descansar era dejar de hacer. Sentarnos. Apoyar la espalda. Mirar sin mirar. Como si el cuerpo, al detenerse, supiera solo cómo apagarse, como una luz obediente.
Pero hay cansancios que no entienden de quietud.
El descanso en versión digital tiene algo engañoso. El scroll promete alivio inmediato: una recompensa rápida y una chispa breve de dopamina que se enciende y se apaga antes de que podamos nombrarla. Las imágenes pasan, los dedos repiten el movimiento, la atención se fragmenta. No duele, pero tampoco repara. Es un cansancio fino, persistente, que se queda incluso después de haber parado.
El día no se cierra. Se queda entreabierto, vibrando bajito, como una ventana mal encajada por la que entra un aire frío que no deja dormir del todo.
No es falta de voluntad ni exceso de pantalla. Es una cuestión de ritmo. El cuerpo no entiende de estímulos rápidos encadenados; necesita continuidad para comprender que ya puede bajar la guardia. Algo que empiece, se sostenga y termine. Algo que no empuje siempre hacia lo siguiente.
Por eso, cuando cambiamos el scroll por una acción lenta, ocurre algo casi imperceptible. La dopamina deja de llegar a golpes y el tiempo se vuelve denso, habitable, como una salsa que empieza a ligar. Cada gesto pesa. Cada minuto cae en su sitio, sin urgencia.
Doblar una masa tibia. Afilar un lápiz hasta encontrar el punto justo. Ordenar una caja sin saber exactamente por qué. No son grandes decisiones. Son pequeñas formas de decirle al cuerpo que ya no hace falta correr.
A veces el descanso no llega cuando paramos, sino cuando dejamos de deslizar hacia lo siguiente y permitimos que el tiempo —por fin— tenga forma.
Lo que queda cuando no estamos haciendo de nosotras mismas
Hay un momento —discreto, casi incómodo— en el que, al bajar el ruido, algo se queda al descubierto. No es una respuesta, es una pregunta que no hace ruido:
¿quién soy cuando no estoy respondiendo a nada?
Durante el día habitamos muchas formas. La que cumple. La que produce. La que sabe qué decir. La que llega a tiempo. Sin darnos cuenta, aprendemos a movernos como si siempre hubiera alguien mirando, como si cada gesto tuviera que justificar su existencia, sostener una utilidad, una versión coherente de nosotras mismas.
Pero cuando la tarde se vacía de estímulos, esas formas empiezan a ceder. No se rompen. No caen. Se retiran despacio, como capas que ya no hacen falta.
Entonces aparece otra manera de estar. Gestos que no buscan nada más que durar un poco. Hacer algo sin intención de acabarlo. Elegir un ritmo que no responde a ningún reloj.
Permanecer un rato más en una tarea sólo porque sí, como si el tiempo pudiera quedarse sin dar explicaciones.
Ahí no estamos construyendo identidad. Estamos reconociéndola.
No la que se explica bien ni la que se muestra mejor, sino la que se sostiene en lo pequeño. En lo que repetimos cuando nadie aplaude. En lo que elegimos cuando no hay testigos, cuando no sirve para nada más que para estar.
Los hobbies lentos, los gestos domésticos, las tardes sin público no nos hacen más interesantes. Nos hacen más continuas. Devuelven una sensación rara y profundamente valiosa: la de ser la misma antes, durante y después del día.
Y quizá por eso importan tanto. Porque, en un mundo que empuja a mostrarnos constantemente, reservar espacios donde no hay que ser nada se convierte en una forma silenciosa —íntima, casi sagrada— de volver a una misma.
Volver a las manos
Hay hobbies que no se eligen por talento ni por constancia, sino por necesidad. Aparecen cuando algo dentro pide bajar el volumen. Cuando la cabeza está llena y el cuerpo necesita una tarea que no exija explicación ni resultado.
Porque si no existe ese lugar alternativo —ese gesto al que volver—, es fácil caer siempre en lo mismo: la pantalla que distrae o el trabajo que se alarga. El scroll infinito o la tarea pendiente. Dos formas distintas de no descansar.
Volver a las manos no es volver a hacer. Es volver a estar.
Pintar, por ejemplo, no como técnica sino como respiración. El color extendiéndose despacio, la mano decidiendo sin pensar demasiado, el error que no se corrige del todo. Pintar ordena el ruido interior porque obliga a mirar una sola cosa durante un rato largo, sin productividad ni rendimiento.
Hacer un puzzle en pareja es otra forma de desconexión profunda. No sólo de la pantalla, también del día. El tiempo compartido sin agenda, la conversación que aparece y desaparece, los silencios que no incomodan. Piezas pequeñas que encuentran su lugar sin prisa, como a veces nos ocurre también a nosotras cuando dejamos de exigirnos tanto.
El arte —mirarlo, volver a él— ofrece un descanso distinto. Hay obras que no se visitan, se habitan. Lady Godiva, Cupido y Psique, El Rapto de las Sabinas: belleza atravesada por historia, deseo, violencia, fragilidad. Volver a ellas es recordar que lo humano siempre ha sido complejo, y que no todo necesita resolverse para tener sentido. El arte descansa porque ensancha.
Leer acompaña de otra manera. No distrae: sostiene. Permite entrar en un ritmo ajeno, aceptar una voz que piensa por nosotras durante un rato.
Leer es dejar de producir pensamiento propio para descansar dentro del pensamiento de otro.
Escuchar música en un tocadiscos es casi un acto de resistencia lenta. Elegir el disco, colocarlo, escuchar el crujido previo. No se puede saltar, no se puede acelerar. La música ocupa la casa y desplaza tanto la urgencia digital como la tentación de seguir trabajando.
Cocinar recetas largas y lentas —las heredadas, las inventadas, las que vienen de otros lugares— crea un espacio donde el trabajo no entra. Reducir, probar, esperar. Cocinar así protege la tarde del impulso de “aprovechar el tiempo” y la convierte en algo vivido.
Por eso es tan importante tener hobbies. No como adorno, sino como alternativa real. Como un tercer camino cuando el cansancio aprieta: ni pantalla, ni trabajo. Algo distinto donde apoyar el cuerpo y la atención.
Y luego están otros refugios, igual de necesarios. La cerámica, que enseña paciencia y aceptación. El deporte o el senderismo, que devuelven al cuerpo su presencia limpia.
El ganchillo, el tejido, la repetición que calma.
Los legos, construir sin trascendencia. Las plantas, el cuidado lento. Aprender algo nuevo, no para dominarlo, sino para abrir una puerta.
Cada hobby sostiene una parte distinta del alma. Algunos calman. Otros ordenan. Otros amplían. Otros simplemente impiden que el día se pierda entre pantallas o tareas interminables.
Nada de esto busca eficiencia. Nada está pensado para ser mostrado.
Y, sin embargo, en ese hacer aparentemente inútil, algo se recoloca. Las manos, ocupadas, devuelven al cuerpo un ritmo que reconoce. La mente, liberada tanto del scroll como de la exigencia laboral, encuentra un lugar donde apoyarse.
Volver a las manos es recordar que no somos sólo lo que producimos ni lo que consumimos.
Somos también lo que hacemos despacio, con cariño, cuando nadie espera nada más de nosotras.
No todo tiene que servir
Vivimos rodeadas de estímulos que no nos dejan parar. El scroll infinito, la dopamina rápida, la tentación constante de seguir haciendo —una cosa más, un correo más, una idea más— incluso cuando el cuerpo ya ha dicho basta. Cuando no hay un lugar alternativo al que volver, es fácil quedarse ahí: entre la pantalla y el trabajo, entre el ruido y la exigencia.
Por eso los hobbies importan tanto. No como entretenimiento ni como adorno, sino como freno. Como un gesto que interrumpe el automatismo. Algo que obliga a bajar el ritmo cuando todo empuja a acelerarlo.
Hacer algo con las manos cambia la dirección del día. El cuerpo entiende que no hay siguiente. La atención deja de fragmentarse. La dopamina ya no llega a golpes, sino que se aquieta.
Pintar, cocinar despacio, tejer, caminar, leer, cuidar algo vivo, montar una pieza tras otra sin prisa… No para producir nada, sino para habitar el tiempo. Para recordarle al cuerpo que no todo exige respuesta inmediata, que no todo pide rendimiento, que no todo tiene que servir.
Estos gestos no solucionan la vida. Pero la vuelven respirable.
Desconectar no es desaparecer del mundo, sino salir del bucle. Elegir un ritmo que no esté dictado por la pantalla ni por la urgencia. Tener algo —aunque sea pequeño— a lo que volver cuando el cansancio empuja hacia lo fácil.
Y en ese volver, algo cambia. El día se cierra. El cuerpo baja la guardia. La mente deja de correr.
No se ordena el mundo. Pero nosotras sí. Y, eso, siempre es más que suficiente.
- Un artículo de Andrea Hernández -