“Permiso, que empiece la función”, dice el hada con una pequeña reverencia teatral mientras aterriza sobre el borde de una máscara antigua, sacudiéndose un poco el polvo de estrellas de los hombros como quien acaba de llegar con prisa. “Mi nombre es Lira, guardiana de los cambios de estación, especialista en puertas invisibles y —si me lo permitís— testigo oficial de todas las veces que los humanos decidís cambiar de piel por unos días.” Sonríe con chispa. “Cada año el mundo abre una de esas puertas. Casi nadie la ve… pero, creedme, todos acabáis cruzándola conmigo.”
Hay momentos del año en los que algo cambia sin hacer ruido. Las calles parecen respirar de otra manera, los rostros desaparecen bajo máscaras improvisadas y, durante unos días, todo lo que parecía fijo se vuelve flexible, casi reversible. Reímos más alto, exageramos los gestos, nos permitimos ser otros —o quizá mostrar partes de nosotros que el resto del año permanecen en silencio.
“Vosotros lo llamáis Carnaval”, continúa Lira con una sonrisa cómplice, “pero su historia empezó mucho antes de que existieran los desfiles y las ciudades iluminadas, cuando las personas aprendían a leer los ciclos de la tierra como quien escucha un cuento antiguo.”
Orígenes: cuando el invierno empezaba a despedirse
“Este es mi momento favorito”, susurra el hada mientras observa el humo de una hoguera elevarse despacio hacia el cielo.
“Cuando la tierra todavía parece dormida, pero por dentro ya está cambiando.”
En las antiguas comunidades agrícolas, el final del invierno no era sólo un cambio de estación: era un momento cargado de incertidumbre y de esperanza. La tierra todavía dormía, pero algo comenzaba a moverse bajo la superficie. Los días se alargaban unos minutos más, el frío empezaba a aflojar
y las personas, como la naturaleza, sentían la necesidad de transformarse para acompañar el nuevo ciclo.
En muchas culturas europeas, estas fechas estaban asociadas a celebraciones paganas donde se encendían hogueras, se realizaban procesiones ruidosas y se utilizaban máscaras hechas con madera, pieles o cuernos. No eran disfraces decorativos: representaban espíritus del bosque, animales protectores, figuras grotescas destinadas a ahuyentar la mala suerte y los restos simbólicos del invierno. En los relatos populares de algunas regiones se hablaba de noches en las que las fronteras entre el mundo visible y el invisible se volvían más finas, cuando las hadas caminaban cerca de los caminos rurales
y las brujas —más guardianas del ciclo que figuras temidas—
marcaban con sus rituales el paso de una estación a otra.
“Yo las veía”, añade el hada con una sonrisa leve, “a las personas reunirse alrededor del fuego creyendo que sólo celebraban una fiesta… sin darse cuenta de que estaban ayudando al mundo a despertar.”
El ruido, la exageración y el exceso no eran casuales. Formaban parte de un antiguo lenguaje ritual: hacer sonar campanas, gritar, reír, bailar y disfrazarse era una manera de despertar simbólicamente la tierra, de espantar lo viejo para permitir la llegada de lo nuevo. El desorden no significaba caos sin sentido, sino una breve suspensión del orden cotidiano para recordar que la vida siempre se mueve en ciclos: muerte, descanso, renacimiento.
Algo de ese espíritu sigue vivo hoy, aunque ya no lo nombremos.
Cada vez que alguien se pone una máscara, participa —sin saberlo— en una tradición milenaria: la de aceptar que la identidad puede cambiar, que el mundo puede invertirse por unos días y que, después del juego, siempre llega una forma nueva de comenzar.
La integración en la tradición cristiana: el último instante antes del silencio
“Los humanos siempre habéis hecho algo curioso”, sonríe el hada. “Celebráis el ruido justo antes de aprender a escuchar el silencio.”
Con la expansión del cristianismo en Europa, muchas de aquellas celebraciones paganas no desaparecieron; cambiaron de forma. La Iglesia, en lugar de eliminarlas por completo, las incorporó al calendario litúrgico, situándolas justo antes del periodo de la Cuaresma, el tiempo de ayuno, recogimiento y disciplina espiritual que precede a la Pascua.
Así, lo que antes era un rito de cambio de estación pasó a convertirse también en el último instante de libertad antes de la contención. Los días de Carnaval quedaron marcados como el momento en el que todavía era posible el exceso, la risa desbordada, la comida abundante, el disfraz, el juego colectivo. Después llegaría el silencio, la moderación, la pausa.
Este contraste —fiesta frente a recogimiento, ruido frente a quietud— es parte esencial de su simbolismo. El Carnaval no sólo celebra el desorden; prepara el regreso al orden. Permite vivir la abundancia antes del ayuno, la máscara antes del rostro descubierto, la exageración antes de la sobriedad. Como si la sociedad entera respirara profundamente antes de entrar en una estación más lenta.
“¿Os cuento un secreto y me lo guardáis?”, susurra el hada antes de desaparecer entre la música. “Nadie puede sostener el silencio sin haber celebrado primero la vida.”
De ahí su intensidad.
Porque no es una fiesta aislada, sino un umbral:
el punto exacto en el que una etapa termina y otra comienza. Durante esos días todo parece más brillante, más exagerado, más vivo, precisamente porque sabemos —aunque sea de forma inconsciente— que esa libertad tiene fecha de despedida. Y quizá por eso la celebramos con tanta energía: porque forma parte de un antiguo ciclo que une exceso y recogimiento, ruido y silencio, celebración y renovación.
La máscara: lo que oculta, lo que invoca, lo que transforma
“Las máscaras nunca fueron sólo disfraces”, dice el hada mientras revolotea despacio alrededor de una máscara antigua apoyada sobre la mesa, rozándola apenas con la punta de los dedos, como si despertara algo que duerme dentro. “Son llaves. Algunas abren lo que guardáis en silencio. Otras… lo que todavía no sabéis que sois.”
En Europa, las máscaras carnavalescas permitían el anonimato y la inversión social, pero esta idea no pertenece sólo a una tradición. En numerosas culturas africanas, americanas y amazónicas, las máscaras han sido durante siglos elementos sagrados asociados a ceremonias de transición, celebraciones agrícolas, rituales de protección o comunicación con el mundo espiritual. En algunas comunidades, quien porta la máscara no “representa” a un espíritu: durante el ritual lo encarna, convirtiéndose temporalmente en mensajero de fuerzas invisibles, antepasados o energías de la naturaleza.
Muchas de estas máscaras presentan formas animales, rostros exagerados o figuras híbridas porque no buscan imitar la realidad cotidiana, sino expresar aquello que no tiene forma humana: la fertilidad de la tierra, la protección de la comunidad, el tránsito entre la vida y la muerte, el equilibrio entre lo visible y lo invisible. En algunos pueblos africanos, por ejemplo, los bailes de máscaras marcan el paso de la infancia a la adultez; en regiones de América Latina y del mundo andino, simbolizan la lucha entre fuerzas opuestas —invierno y primavera, oscuridad y luz—; en ciertas tradiciones amazónicas, las máscaras evocan espíritus del bosque que custodian los ciclos naturales.
Esta dimensión mística conecta también con el imaginario europeo antiguo: las figuras de brujas, criaturas del bosque, espíritus invernales o seres feéricos que aparecen en relatos populares y celebraciones de cambio de estación. En muchos de estos ritos, disfrazarse de demonio, animal o espíritu no tenía un sentido terrorífico, sino simbólico: representar aquello que debía despedirse o aquello que debía ser invocado para el nuevo ciclo.
Por eso, cuando hoy alguien se coloca una máscara en Carnaval, repite —aunque ya no lo piense en términos rituales— un gesto profundamente antiguo: el de aceptar que la identidad puede cambiar, que existen muchas versiones posibles de uno mismo y que, durante ciertos momentos del año, la comunidad entera se permite cruzar ese umbral simbólico entre lo cotidiano y lo extraordinario.
El Carnaval hoy: la fiesta que seguimos habitando
“Me gusta veros ahora”, ríe el hada mientras se balancea en el aire, observando las calles llenas de disfraces y música.
“Seguís creyendo que sólo es una fiesta… y aun así repetís el ritual exactamente igual que hace siglos.”
Hoy el Carnaval se vive entre comparsas, disfraces improvisados, música que se escapa de cada esquina y noches que parecen alargarse un poco más de lo habitual. Las ciudades se transforman en escenarios abiertos donde lo cotidiano se vuelve flexible: alguien camina vestido de criatura fantástica, otro exagera su versión más cómica, grupos enteros se convierten en personajes colectivos durante unas horas. A simple vista parece sólo una celebración, pero bajo esa superficie continúa latiendo el mismo impulso antiguo.
“También viajo”, confiesa el hada con una sonrisa traviesa, acomodándose entre cintas de colores que vuelan sobre la multitud.
“El Carnaval es demasiado divertido como para mirarlo siempre desde el mismo sitio.”
En muchos lugares del mundo, esta tradición ha desarrollado formas propias que mantienen vivo su carácter ritual y comunitario. En el sur de España, el humor y la crítica social son protagonistas en el Carnaval de Cádiz, donde las chirigotas y comparsas convierten la música y la sátira en una forma colectiva de expresión. En América Latina, el ritmo y la herencia cultural marcan celebraciones de gran intensidad simbólica como el Carnaval de Río de Janeiro, donde el desfile de las escuelas de samba combina tradición, identidad y espectáculo, o el Carnaval de Barranquilla, en Colombia, donde las danzas ancestrales, las máscaras y los personajes tradicionales mantienen viva la memoria de raíces indígenas, africanas y europeas.
Disfrazarse sigue siendo un gesto profundamente simbólico. Permite jugar con identidades que normalmente no habitamos, exagerar rasgos, reírnos de lo establecido
o probar versiones distintas de nosotros mismos sin consecuencias permanentes.
Durante unos días, la seriedad cotidiana pierde peso y el espacio público se llena de creatividad, de humor y de ese desorden amable que recuerda que las normas no son tan rígidas como parecen.
Aunque hoy lo vivamos como fiesta, desfile o tradición popular, el Carnaval conserva la memoria de su origen ritual: un momento del año en el que la comunidad se permite cambiar de piel, liberar tensiones y recordar que la identidad —individual y colectiva— también necesita espacios de transformación. Por eso, incluso en pleno siglo XXI, cuando alguien se pone una máscara, algo muy antiguo vuelve a suceder: el mundo se vuelve un poco más libre, aunque sólo sea por unos días.
Cuando la máscara vuelve a dormir
Y cuando la última canción se apaga y las máscaras empiezan a volver a sus cajas, el hada aparece una vez más, apoyada en el borde de una farola, balanceando los pies en el aire como quien no tiene ninguna prisa.
“Bueno”, dice con una media sonrisa, sacudiendo un poco de purpurina invisible de sus manos, “mi trabajo aquí ya está hecho… al menos hasta el próximo cambio de estación.” Mira alrededor, satisfecha, como si acabara de comprobar que todo sigue en su sitio: la risa aún flotando en el aire, algún confeti resistiendo en el suelo, las personas regresando poco a poco a sus rostros habituales.
“Recordad algo antes de que me vaya”, añade guiñando un ojo.
“No hace falta esperar al Carnaval para cambiar un poco de piel de vez en cuando.”
Y, con una pequeña reverencia —más juguetona que solemne— desaparece entre el último destello de música, dejando tras de sí la sensación de que quizá, sólo quizá, el hechizo nunca se ha ido del todo.
- Un artículo de Andrea Hernández -
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