Hay noches que no pertenecen del todo al calendario. San Valentín es una de ellas.
No importa cuántas veces haya pasado por un 14 de febrero: siempre llega con un brillo ligeramente irreal, como si alguien hubiera colocado una gasa invisible delante del mundo. Las luces parecen más suaves, las canciones más intensas, las historias —todas— un poco exageradas. Como en esas comedias románticas de los 80 y los 90 donde nada era del todo creíble, pero todo resultaba profundamente deseable.
San Valentín no es una fecha. Es un estado de ánimo, un poco teatralizado.
Una noche en la que el amor se cuela en todas partes, incluso donde no lo estabas buscando. En una mesa compartida, en una risa que se alarga, en una llamada inesperada, en una amistad que se queda hasta el final de la película. A veces llega en forma de pareja. Otras, como una conversación entre amigas que saben exactamente quién eras antes y quién eres ahora.
Y otras, simplemente, como la certeza tranquila de estar bien contigo misma, sin público, sin promesas.
El amor, en realidad, nunca ha sido una sola historia. Es un género entero.
Tiene romance, sí. Pero también tiene humor, nostalgia, complicidad, desorden, escenas que no entran en ningún guion y finales que no se cierran del todo. Hay años en los que eres protagonista y otros en los que miras desde un rincón cómodo, copa en mano, sabiendo que todo forma parte de la misma película.
Este artículo no es una guía ni un manual. Es una invitación a mirar San Valentín como lo que siempre ha sido: una noche con magia prestada, donde el amor —en cualquiera de sus formas— puede aparecer sin avisar.
Y donde, pase lo que pase, la historia sigue.
I. El amor cuando hay pareja (y ya no necesita fuegos artificiales)
No todos mis San Valentines han llegado acompañados. Durante mucho tiempo, el amor fue otra cosa: intuición, intensidad, fuegos rápidos que iluminaban mucho y agotaban igual de deprisa. Historias llenas de mariposas —y de ese temblor constante que nadie te dice que también es ansiedad—.
Porque hay amores que laten tan fuerte que no te dejan descansar.
Ahora el amor llega distinto. No entra corriendo ni necesita llamar la atención. Se sienta. Se queda. Respira contigo. Y, de repente, el cuerpo entiende algo nuevo: que no hace falta estar alerta para amar.
Este amor no se parece al de las películas que terminan justo cuando empieza lo difícil.
Se parece más a esas historias que casi no hacen ruido, como Before Sunset cuando ya no hay promesas grandilocuentes, sólo dos personas caminando despacio. Como los libros donde el verdadero romance no está en el primer encuentro, sino en la manera en que alguien te alcanza una taza de café sin preguntarte nada.
Es un amor que no necesita fuegos artificiales porque no vive de la expectativa. Vive de los rituales pequeños: cocinar juntos sin plan, elegir una serie larga y verla entera, hablar de cosas importantes y de absolutamente nada. Dormirse a mitad de una conversación. Reírse sin motivo claro.
Hay algo profundamente romántico en esa intimidad que no se muestra. En no sentir la necesidad de demostrar nada. En saber que el amor no se va si hoy no brilla.
Este tipo de amor no quita magia: la redistribuye. La sube del estómago al pecho y la baja del vértigo a la calma, de la urgencia a la elección diaria.
Y eso —en cualquier película, en cualquier vida— es lo que convierte una historia en algo real.
II. El amor entre amigas (el que siempre sabe volver)
Hay un tipo de amor que no se anuncia, pero cura. No entra con música épica ni necesita fechas señaladas.
Aparece antes, se queda después y sobrevive a casi todo.
El amor entre amigas tiene algo de antiguo, de pacto silencioso. Como si se hubiera firmado en otra vida, en un lugar sin calendario. Es el amor que te reconoce incluso cuando tú no sabes muy bien quién eres ese año. El que ha visto todas tus versiones —las brillantes y las torpes— y aun así se queda.
Las amigas son las grandes testigos. Las que estuvieron antes del primer amor importante y las que permanecen después del último. Las que te vieron desear lo que no era, las que te recogieron cuando algo se rompió, las que celebran contigo sin preguntar demasiado.
En las películas casi nunca son el centro, pero sin ellas la historia no avanza. Ahí están, como en Thelma & Louise, donde la amistad es el verdadero viaje. O como en Sexo en Nueva York, donde el amor romántico va y viene, pero la mesa compartida siempre permanece. O como en Mujercitas, donde las hermanas —y lo que se parece mucho a una amistad— son hogar, brújula y destino.
Hay algo casi místico en esa forma de quererse.
Las amigas funcionan como un espejo que no deforma.
Te devuelven a ti cuando te pierdes, te recuerdan quién eres cuando dudas, te prestan su mirada cuando la tuya se cansa.
Con ellas, San Valentín no necesita corazones rojos ni promesas solemnes. Basta una cena improvisada, una botella abierta sin motivo, una conversación que empieza en la risa y acaba en la verdad. Basta con estar. Con compartir el tiempo sin pedirle nada extraordinario.
Y en un día como San Valentín, celebrarlas no es un plan alternativo. Es, en realidad, celebrar una de las formas más puras y duraderas del amor.
III. Un San Valentín sin darnos cuenta
El año pasado, por ejemplo, San Valentín me encontró así. Sin plan, sin intención, casi por accidente.
Lo pasé con dos de mis mejores amigos, todavía con cierta resaca suave. Comimos en un lugar bonito sin decidirlo del todo. Luego vino un café en el centro de Oviedo.
El sol de febrero caía inclinado sobre las mesas, ese sol que no promete nada pero lo embellece todo.
Hablábamos sin dirección, dejando que las frases se apoyaran unas en otras, como hacen las cosas cuando están a salvo.
No sabíamos qué día era. O quizá sí, pero no importaba. No nos dimos cuenta de que era San Valentín hasta bastante después. No había expectativas, ni corazones rojos, ni discursos. Sólo esa sensación tranquila de estar exactamente donde tocaba.
Y entonces llegaron las flores.
Un ramo sencillo, inesperado, traído por una amiga que parecía haber leído el aire antes que nosotras. Las dejó allí, como se dejan las cosas evidentes. Sin destinatario romántico. Sin discurso. Como si las flores hubieran decidido aparecer solas.
Recuerdo pensar —con una claridad muy rara— que eso también era amor. Que quizá siempre lo había sido.
Porque hay San Valentines que no se reconocen mientras suceden. No hacen ruído, no avisan, no se repiten igual.
Pero luego vuelven.
A veces años después. Como una escena que sigue iluminada aunque la película haya terminado.
Ese día fue uno de ellos.
IV. El amor cuando estás sola (y la noche también es tuya)
Hay fechas que se viven a solas y, contra todo pronóstico, brillan. No por ausencia, sino por espacio.
Estar sola la noche de San Valentín no es quedarse fuera de la historia; es ocupar el centro del plano sin pedir permiso.
Como esas protagonistas de las comedias románticas que no están esperando a nadie, sino aprendiendo a disfrutar del silencio entre escenas.
A veces el plan perfecto es quedarse. Cocinar algo lento. Leer hasta que las frases empiecen a respirar solas. Escuchar un disco entero, sin saltar canciones. Aprender algo nuevo, sólo por curiosidad, como quien abre una ventana.
No es un ensayo de autosuficiencia ni una lección de fortaleza. Es simplemente la posibilidad de habitarte sin intermediarios. De gustarte. De quedarte bien.
San Valentín, vivido así, deja de ser un recordatorio de lo que falta y se convierte en una celebración discreta de lo que ya está.
Y eso —aunque no salga en las películas— también es una historia de amor.
V. Planes reales para San Valentín (según cómo estés ese año)
No todos los planes tienen que ser memorables. Los buenos suelen ser simplemente habitables.
Si tienes pareja
Una cena en casa hecha entre los dos. No algo espectacular: una receta que lleve tiempo —un guiso, una pasta lenta, algo al horno—, una botella de vino abierta sin ceremonia y una mesa puesta sin perfección. Cocinar juntos baja el día al cuerpo y convierte la noche en algo compartido de verdad.
Después, una película elegida sin consenso absoluto. Una comedia romántica antigua, algo de los 90, algo que ya sabes cómo acaba. El amor tranquilo también se parece a eso: saber el final y quedarte igual.
Y a veces ese mismo gesto se estira un poco más.
Este año, por ejemplo, nosotros lo celebramos así: nos vamos a un pueblecito de Cantabria. Sin buscar una gran ciudad, sin lista de sitios imprescindibles, sin la sensación de que haya que llenar el tiempo. Un lugar pequeño, tranquilo, donde lo único importante es estar los dos.
A veces el plan más romántico es reducir el mundo. Cambiar el ruido por una calle corta, un paseo sin rumbo, una comida sencilla, una tarde que no pide nada más que presencia. Dormir sin despertador. Caminar despacio. Volver a mirarse sin distracciones.
No hay fuegos artificiales en este tipo de amor. Hay calma. Hay continuidad. Hay esa intimidad silenciosa que no necesita ser demostrada ni explicada.
Y eso, a veces, es todo lo que hace falta.
Si estás sola
Prepararte una cita contigo. No como consigna de autoamor, sino como gesto íntimo: cocinar algo que te guste de verdad, ponerte música mientras cae la noche, elegir un libro o una película sin negociar con nadie.
Salir a dar un paseo corto, aunque sea cerca de casa. Un café sola. Una copa de vino en una barra tranquila. Mirar a la gente sin prisa.
Volver a casa sin sensación de haber perdido nada.
Si lo celebras con amigas
Reservar una mesa sin demasiada planificación. Un sitio bonito, una comida larga, sobremesa sin reloj. Hablar de todo y de nada. Reírse de las historias pasadas. No convertir la noche en confesión obligatoria.
O quedarse en casa: cada una trae algo, se cocina juntas, se abre una botella, se ponen canciones antiguas. El plan funciona solo porque sois vosotras.
Si no quieres celebrar nada
No celebrar también es un plan. Quedarte en casa, apagar el móvil antes de lo habitual, preparar algo lento, leer, escuchar un disco entero. Dejar que el día pase sin convertirlo en evento.
Eso también es elegir.
Quizá el amor no sea a quién besas esta noche, sino dónde te sientes a gusto quedándote.
A veces es pareja. A veces son amigas. A veces eres tú, una mesa, una ciudad que sigue brillando.
San Valentín pasa. El amor —cuando es de verdad— se queda.
Corte a negro.
- Un artículo de Andrea Hernández -