A esta isla mágica y salvajemente bella no se llega: es ella quien te invoca.
Cual isla de Lost, La Gomera parece existir sólo para quienes son llamados por ella. No figura del todo en los mapas. Respira, ajena a las reglas de este mundo, y guarda una magia ancestral que escoge a sus visitantes. Quienes conseguimos llegar, comprendemos un misterio atávico: que no fuimos nosotros quienes la encontramos, fue la isla quien decidió dejarse hallar. Y no por casualidad.
Magnética, indómita, casi inexplicable. Nos recibió después de un laberíntico viaje por tierra, mar y aire, ya de noche, húmeda y prendida de neblina tras el paso de la borrasca Therese. Todavía aturdidas por la marejada, entramos en una especie de ensoñación que, aún hoy, permanece.
En la oscuridad, se intuye la inmensidad de los bosques de laurisilva, el vértigo al otro lado de la noche. Acompaña en silencio, como una sombra, sin revelarse del todo hasta la mañana siguiente. Ese camino al Caserío de la Playa, en el Valle Gran Rey, encadena un remolino amortiguado de emociones: la cabeza, enferma de urgencia por un TDAH que se agudiza con las responsabilidades mal gestionadas; el pecho, desconectado de la piel para protegerse del caos anclado en la espina dorsal. Y, muy cerca, la cura.
Casi como si la isla hubiera tomado forma humana, Gloria Negrín -acompañada siempre de sus dos perros del alma, Golfo y Tritón- nos abre las puertas de su casa, con una botella de su Rajadero en una mano y su inseparable guitarra en la otra. A corazón abierto. Ella elabora vino y toca desde más allá de las costillas, desde ese lugar profundo y telúrico al que Lorca puso nombre en sus Bodas de Sangre.
"Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque".
La Gomera está poblada por criaturas tan libres, mágicas y salvajes como ella misma. Mujeres magas -así se llama en Canarias a las mujeres rurales- unidas al campo desde y hasta la raíz. Como ese himno que Natalia Lafourcade escribió sin saber que también le cantaba a esta isla: "Hasta la raíz". En Altos de Chipude, esa bodega fascinante en la que Gloria mantiene viva la memoria de sus ancestros (ay, Don Antonio, "Pribilo"), se reúnen para celebrar una romería primaveral de San Andrés.
"San Andrés se pasea y llega hasta la bodega" al ritmo de tambores tribales. Y entonces la piel empieza a recordar.
Que no pertenece al trabajo, ni al ruido, ni a la prisa. Que siempre fue de la tierra.
Arriba, en La Montaña, Gloria escucha el mismo latido: "Tengo mucha raíz, mucho arraigo. A mí me movió el origen, me dio una puntadita en el corazón". Sus vinos, nacidos de la viticultura heroica entre andenes (bancales), "tienen que llegar primero al corazón y contar historias". Y lo hacen: cada sorbo parece abrir un hilo que tira hacia dentro, hacia la tierra. Hacia lo que nunca se extingue.
De Rajadero a La Montaña, de Pribilo a su ancestral. A estas alturas, todas nos convertimos en hermanas de la Forastera Gomera, esa uva evocadora que huele a bosque de laurisilva, fresca y salina, única en el mundo. Y la veneramos en cada rincón de la isla, tatuada en una camiseta que pone nombre a nuestro aquelarre: "Forasteras (y como en casa)".
Desde el Mirador de la Ermita del Santo (o Mirador del Santo), donde La Gomera reivindica su belleza exuberante y vertiginosa; hasta el Parque Nacional del Garajonay, absolutamente élfico, lo más parecido a Rivendel lejos de la Tierra Media. Pero también en las divertidísimas noches de parranda de El Palmar, en los atardeceres atravesados por damajuanas que parecen albergar conjuros clandestinos. En esa playa de Valle de Gran Rey donde hicimos el primer anclaje para regresar a ella cada vez que nos alejemos demasiado de su hechizo.
El último anclaje fue en la Laguna Grande, junto al bailadero más mítico de la isla: un círculo de piedras donde, según cuentan, las brujas se reunían para danzar y entregarse a sus rituales. Hay incluso quien dice que su energía hace perder la noción del tiempo, que los minutos se convierten en horas.
Yo solo sé que allí, descalza y forastera, me acordé de lo bien que se me daba vivir.
Quizás sólo necesitaba invocarme a mí misma. O quizás fue el poder de cuatro (cinco con Gloria) el que me llamó de vuelta. Sólo sé que un pedacito de mi corazón ingobernable se quedó en La Gomera. A veces, desde mi terraza, veo La Mérica. Y constelaciones que no sabía que existían hasta que toqué aquel cielo.
Y, de repente, entiendo que no nos hacía falta ningún anclaje. Porque ella es nuestra Constante. "Así, te protejo. Aquí, sigues dentro. Yo te llevo dentro, hasta la raíz".
- Un artículo de Laura López Altares -
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