Cuando no hablas eres guapa o de la presión estética ejercida sobre las actrices en España

“Cuando no hablas eres guapa”. Creo que lo que más me sorprendió es que nadie se sorprendiera. 

Fue lo que me dijo una directora de casting al verme en pantalla. El objetivo era pasar por delante de sus ojos y que nos aconsejara sobre nuestras posibilidades de trabajar en series y películas de ficción española. 

Pero acabó siendo un ejercicio por el cual entender si eres guapa o fea ante la cámara, -fotogénica cuando la verdad de su subconsciente no se le escapaba por la boca-, y para saber lo que tenías que hacer para seguir siendo percibida como guapa, aunque sólo lo consiguieras sin moverte ni hablar. “Tienes que llorar como una virgen”, con la cara impasible y neutra y las lágrimas cayendo, “no te puedes arrugar, ni enrojecer, porque en cámara todo se agranda y no es estético”. 

“En general, cuando hablas, tus gestos cambian y no eres fotogénica. Pero si no hablas eres guapa”. 

De la mano de una de las directoras de casting más importantes de España.

Aún me pregunto, desde 2016, cómo se supone que voy a ser actriz sin hablar; y si me dejan hablar, sin gesticular. Ella dirá que exagero, pero fue lo que me dijo, junto con más de 5 minutos hablando de la edad percibida que daba en pantalla, 

y el mensaje implícito de cuánto tiempo me quedaba como mujer joven, y por ende, con posibilidades reales de triunfar. 

También me pregunto si a Javier Cámara o a Antonio Resines les midieron alguna vez con la barra de guapos o feos, y por qué, aunque así lo hicieran, ellos sí parecen poder actuar. No seré yo quien diga si son feos o guapos, pero no son, desde luego, lo que vemos cuando vemos mujeres normativamente catalogadas como guapas. 

No sólo fue eso.

Una directora de cine que vino a darnos clase me dijo que una actriz no conseguía ningún papel durante mucho tiempo, hasta que se arregló un diente torcido. 

Pillé la indirecta. 3500 € de Invisalign.

Una coach en imagen me dijo que no tenía suficientes cejas y que a partir de ese día no podía ir a ningún casting con las cejas sin pintar. Llevaba el pelo largo y rizado, le pregunté si sería positivo para mi cara cortármelo como un chico, porque lo había llevado así mucho tiempo: me dijo que con el pelo largo parecería más joven. No hubo más que hablar.

La directora de la Escuela de Cine donde seguía la formación, me dijo que “no podía ponerme frente a la cámara sin maquillaje nunca más”. Compré maquillaje profesional para cine y televisión.

Lo cierto es que lo hice todo.

Debajo subyace la promesa de que cuando cumplas con lo que te piden -no hablar, no gesticular, parecer joven, tener cejas, maquillarte- la oportunidad va a llegar.

Pero lo cierto es que no llega.

Y, tras años cumpliendo con los cánones, empiezas a sospechar si acaso no han introducido, por la ranura de tus sueños, una dosis extremadamente alta y extremadamente afilada de patriarcado.

Las compañeras que consiguen papeles, se agarran aún más fuerte a las exigencias normativas porque creen que son ellas las que les han hecho llegar donde están: cuerpos forzadamente delgados, chicles para no comer, blanqueamientos dentales y primeros pinchazos de colágeno. 

Eso es lo que he visto alrededor.

Es tiempo de preguntarnos por qué los hombres en la ficción española son calvos y con pelo, mayores y jóvenes, guapos y feos, con personajes impasibles y otros a los que les llevan las emociones -sobre todo la ira- alterando su rostro, gestos y color. 

Por qué, a ellos sí, parece aguantarles la cámara, aunque sea un primer plano, pero a nosotras no.

Con el tiempo, dos ideas han cobrado fuerza en mi vida: escribir mis propios guiones, con mujeres como yo; y tener el suficiente dinero para producir series y películas hechas por mujeres como yo.

Sin maquillaje, sin botox, de todas las edades, con todos los cuerpos, con caras que gesticulan y cortes de pelo libres de juicio. 

En una frase, películas y series como las que hacen los hombres para sí mismos y donde ser feo, gordo y poco agraciado no es un problema en absoluto. Todo lo contrario: es un valor añadido para la trama. Pensemos en Torrente. ¿A él también le dijiste, directora de casting de prestigio en España, que sin hablar era guapo?

Acabemos de una vez con las mujeres como elementos de belleza en el decorado, a cambio de que ellos, los hombres, puedan ser los únicos que gozan del privilegio de la diversidad.


- Un artículo de Leticia Vicario -




0 Comentarios

FIND US ON INSTAGRAM @PURCUAPA.MAGAZINE