12 uvas, 12 sueños: el instante antes de que empiece el año

o cómo pedirle al año cosas pequeñas

Hay un momento, cada 31 de diciembre, en el que el tiempo parece detenerse. Las uvas esperan en el plato, las manos sostienen copas a medio brindar y, por un segundo, todo queda suspendido. 

Todavía no es el año nuevo, pero el anterior ya empieza a despedirse.

Ese instante tiene algo de ritual y algo de magia. No hace falta creer en nada para sentirlo. Basta con estar ahí: en la mesa, en el salón, en una cocina llena de voces o en un silencio compartido. Es un momento breve, pero suficiente para pensar qué pedir. No grandes promesas ni cambios espectaculares, sino deseos pequeños, casi secretos, que acompañen sin pesar.

Quizá por eso las doce uvas siguen teniendo sentido. Porque no obligan a soñar en grande, sino a desear con cuidado. A pedirle al año que empieza cosas sencillas, posibles, bellas. Y confiar en que, con eso, ya es suficiente.

1. Una casa que se sienta hogar

No se trata de metros cuadrados ni de direcciones fijas.

Se trata de reconocer el lugar al entrar, incluso con las manos ocupadas y la cabeza llena.

Un sitio que se mida en gestos pequeños y repetidos: una mesa con marcas de uso, una silla siempre en el mismo sitio, una taza olvidada en el fregadero, una ventana entreabierta porque a alguien le gusta que corra el aire.

Una sensación de regreso aunque no se haya ido lejos. La certeza sencilla de que ahí se puede estar sin hacer nada más.

2. Tiempo

No más horas, sino menos prisa. Tiempo que no se mida en alarmas ni en listas, sino en mañanas que empiezan sin mirar el reloj.

Días que se estiran un poco más de lo previsto. Cafés que se enfrían porque nadie tiene a dónde llegar. Tardes que no piden rendimiento, sólo presencia.

Un tiempo amable, que no persiga. Que permita llegar tarde sin culpa y quedarse un rato más cuando apetece. Ese tiempo que no se nota mientras ocurre, pero que, al recordarlo, se siente como algo ganado.

3. Salud tranquila

La que no da señales. La que acompaña sin hacerse notar.

Un cuerpo que responde sin avisar, que sostiene el día sin pedir atención constante. Dormir bien. Despertar sin dolor. Caminar sin pensar en cada paso.

Esa salud discreta que permite vivir mirando hacia fuera, no hacia dentro. La que no ocupa espacio en los pensamientos, pero lo hace todo posible.

4. Conversaciones largas

De esas que no tienen prisa ni objetivo. Que empiezan sin tema y se van haciendo solas.

Conversaciones que nacen en una cocina mientras se recoge la mesa, que se alargan en un sofá, que sobreviven al café y a la hora. Palabras que no buscan conclusión, sólo compañía.

Hablar por el simple placer de quedarse un poco más. Escuchar sin mirar el teléfono. Decir cosas pequeñas que, sin saber cómo, acaban siendo importantes.

5. Seguir escribiendo

Escribir sin saber muy bien para quién. Sin pensar en el después ni en la forma correcta.

Escribir como quien deja notas sueltas para no olvidar. Para entender mejor lo que pasa por dentro. Palabras que no buscan ser brillantes, sólo verdaderas.

Seguir escribiendo como se sigue una costumbre antigua. Porque a veces poner las cosas por escrito es la única manera de quedarse un poco más con ellas.

6. Un cuerpo habitado con cariño

Un cuerpo al que no haya que empujar. Que no se trate como un proyecto ni como una tarea pendiente.

Días sin exigencias nuevas. Sin castigos silenciosos. Dormir cuando hace falta. Parar sin dar explicaciones. 

Cuidarse en gestos pequeños y repetidos.

Habitar el cuerpo como se habita una casa conocida: con respeto, con paciencia, con la certeza de que no hay que ir a ningún otro sitio.

7. Personas que se queden

Personas que no entren haciendo ruido. Que no pidan versiones mejores ni explicaciones largas.

Las que se sientan y se quedan. Las que saben cuándo hablar y cuándo no hace falta decir nada. Las que no se van cuando el brillo baja o el cansancio aparece.

Personas que entienden que quedarse también es una forma de querer. Que no confunden intensidad con urgencia ni presencia con ocupación. Las que permanecen incluso cuando no pasa nada extraordinario.

Porque, al final, lo que más se desea no es que alguien llegue. Es que alguien decida quedarse.

8. Lugares donde volver y conocer

No por costumbre, sino por deseo. Lugares que se repiten y otros que empiezan.

Cafés donde nadie pregunta y todo resulta familiar. Calles nuevas que todavía no se saben de memoria. Bancos, esquinas, trayectos que primero se aprenden despacio y luego se reconocen.

Volver a sitios donde una vez se estuvo bien —o simplemente tranquila—. 

Y conocer otros que aún no tienen historia, pero prometen tenerla. Lugares que acompañan sin exigir, que se dejan habitar poco a poco.

9. Trabajo con sentido

No perfecto, ni ideal. Un trabajo que no pida apagar partes para encajar.

Días que se sostienen sin arrastrarse. Esfuerzo que tiene dirección. La sensación de estar haciendo algo que, al menos, resulta honesto.

Un trabajo que deje espacio para la vida. Que no lo ocupe todo. Que permita llegar a casa y seguir siendo una misma.

10. Risas inesperadas

Risas que llegan cuando no tocaba. En un día torcido, en mitad del cansancio, cuando ya se había dado todo por terminado.

Reírse de repente en una cocina desordenada, en un audio que se alarga más de la cuenta, en una frase mal dicha que se queda. Esa risa que empieza floja y acaba contagiando, que desarma, que cambia el clima de la habitación.

Risas que no arreglan nada, pero lo hacen todo más ligero. De las que recuerdan —sin decirlo— que todavía pasan cosas buenas.

11. Menos miedo

No la ausencia total, porque eso no existe. Sólo que no marque el ritmo.

Menos miedo a llegar tarde, a no hacerlo perfecto, a no saber. Menos miedo a decir que no, a quedarse, a cambiar de idea.

Y, si no es posible, al menos un poco más de valentía. La suficiente para seguir adelante incluso con dudas. Para no dejar que el miedo decida por delante.

12. Seguir aprendiendo a quedarme

Quedarse cuando ya no hay ruido. Cuando pasa la emoción y empieza lo cotidiano.

Quedarse con lo que es, sin intentar cambiarlo enseguida. Con las personas, con los lugares, con una misma.

Aprender a quedarse no como renuncia, sino como elección. Como una forma lenta y valiente de querer. Como la manera más honesta de habitar el tiempo que viene.

No sabemos si las uvas cumplen deseos. Pero sí sabemos lo que ocurre mientras se piden.

Ese instante en el que el año todavía no ha empezado y ya se está despidiendo. Las manos ocupadas, el corazón atento, la sensación de que algo se ordena por dentro aunque no sepamos ponerle nombre.

Tal vez no se trate de que todo cambie, sino de empezar con cuidado. De entrar al año nuevo sin ruido, sosteniendo lo pequeño, confiando en que ahí —en lo sencillo, en lo cotidiano, en lo que se repite— también vive la magia.

Y cuando el reloj marque las doce, que el año nos encuentre así: un poco más presentes, un poco más sonrientes, un poco más abiertos, un poco más dispuestos a quedarnos.


- Un artículo de Andrea Hernández - 


0 Comentarios

FIND US ON INSTAGRAM @PURCUAPA.MAGAZINE