Cada noche cuando el mundo exterior se apaga un poco, aparece otro que no sabemos muy bien cómo nombrar.
Un mundo que no es real del todo, pero tampoco inventado. Está hecho de fragmentos: una calle que nunca existe igual, una voz que se acerca y se va, un recuerdo que cambia de forma como si respirara.
Los sueños funcionan así: son lugares que se dibujan solos, sin que podamos decidir su clima ni su rumbo. Y, aun así, al entrar en ellos sentimos algo parecido a un reconocimiento. Como si una parte silenciosa de nosotras llevara años viviendo allí.
A veces, en medio de ese reconocimiento, aparecen también pequeños sueños de libertad, escenas que respiran algo que de día no sabemos concedernos.
No buscamos un significado literal. Lo que buscamos —quizá sin saberlo— es esa sensación de estar en un sitio que nos mira desde dentro, que entiende lo que todavía no hemos dicho.
Quizá por eso nos atrae tanto intentar entender el significado de los sueños, incluso cuando sabemos que no siguen ninguna lógica clara.
Los sueños son eso: una geografía íntima que sólo aparece cuando bajamos la guardia. Pasa entonces que, al entrar en ese mundo, tenemos la sensación de caminar por el jardín de los sueños, un lugar donde lo vivido y lo imaginado crecen entrelazados sin pedir permiso.
1. El archivo invisible — lo que la mente guarda sin que lo sepamos
Los sueños tienen una forma muy suya de ordenar las cosas: no cronológica, no lógica, no exacta. Más bien emocional.
La mente recoge lo que se quedó sin terminar durante el día —una inquietud pequeña, un gesto que nos movió algo por dentro, una frase que nos dolió un milímetro— y lo transforma en escena.
A veces, por ejemplo, soñamos que volvemos a una casa en la que nunca hemos estado, pero sabemos exactamente dónde está cada puerta. Y en el pasillo aparece alguien de nuestro presente, como si siempre hubiese pertenecido a ese lugar.
Ese tipo de mezcla no es un mensaje cifrado. Es una forma de ordenar lo que sentimos sin las limitaciones de la vigilia.
El sueño toma las piezas que le hacen falta, las junta, las dobla un poco, las ilumina de otra manera. Y aunque al despertar no recordemos nada, queda la impresión: una inquietud suave, una calma inesperada, un eco.
Es en ese orden secreto donde aparece, a veces, el jardín de los sueños, un espacio donde todo lo que no dijimos de día encuentra un modo silencioso de florecer.
Eso es el archivo invisible trabajando.
2. Los sueños como espejos que respiran
En los sueños, todo tiene otra escala. No porque quiera engañarnos, sino porque allí las emociones ocupan más espacio.
Un miedo pequeño puede convertirse en un bosque oscuro que se estira sin fin. Una esperanza tímida puede aparecer como una ventana abierta a un cielo imposible.
Un duelo que creíamos cerrado vuelve como una figura borrosa que se detiene a mirarnos, sin reproche.
Los sueños no buscan decirnos “esto significa esto”. Su lenguaje es más delicado:
muestran sensaciones en forma de imágenes, sin obligarnos a entenderlas de inmediato. Aun así, cada gesto onírico parece rozar, de alguna forma, el significado de los sueños, como si lo insinuara sin llegar a pronunciarlo del todo.
Son espejos extraños, sí, pero espejos que respiran. Reflejan lo que llevamos dentro, no tal cual es, sino con la intensidad justa para que podamos reconocerlo sin huir.
A veces basta un solo gesto onírico —coger un tren que se escapa, abrir una puerta que da a un mar que no existe— para comprender que algo, en silencio, está intentando contarnos hacia dónde nos estamos moviendo.
3. Geografías que sólo existen dormidas — lugares que nos reconocen
Hay sueños que vuelven una y otra vez, aunque cambien de forma. Una ciudad donde siempre es de tarde. Un puente que lleva a un sitio que nunca alcanzamos. Una habitación donde la luz cae de la misma manera, aunque los muebles no sean los mismos.
Son lugares que no existen fuera de nosotras, pero que, al aparecer, sentimos como antiguos. Como si fueran un mapa guardado en algún rincón profundo, un mapa que no consultamos, pero que conocemos de memoria.
En esos territorios oníricos, la arquitectura responde más a la emoción que a la lógica. Las escaleras suben hacia algo que necesitamos. Las puertas se abren sólo cuando estamos preparadas. El paisaje cambia cuando cambiamos nosotras. Y, a menudo, esa arquitectura parece construida precisamente para eso: para dejarnos caminar dentro de nuestros propios sueños de libertad, aunque sólo duren un instante.
A veces soñamos con un bosque que nunca visitamos, pero sabemos exactamente qué sonido hace al respirar. O con un mar que no está en ningún país, pero reconocemos su olor. No importa que no exista: importa lo que despierta.
Quizá por eso muchos de estos paisajes se sienten como partes distintas de el jardín de los sueños, un territorio que se adapta a nosotras según el momento vital en el que lo visitamos.
Estos lugares no buscan explicarnos nada; sólo ofrecen un espacio donde algo interno puede moverse un poco más libremente, sin forma fija. Y aunque desaparezcan al despertar, queda su rastro, como la humedad que deja la marea antes de retirarse.
Quizá por eso, cuando volvemos a ellos en otro sueño, sentimos una especie de calma extraña: ah, este sitio ya lo conozco.
No del mundo, sino de mí.
4. El lenguaje de los sueños — un idioma hecho de señales pequeñas
Los sueños no hablan en frases, pero sí en detalles. Más que símbolos enormes, lo que utilizan son pequeñas alteraciones del mundo: una puerta que da al sitio equivocado, un objeto que aparece fuera de contexto, un gesto que nos llama la atención como si ya lo hubiéramos vivido.
Por ejemplo: Hay sueños en los que alguien nos habla, pero no recordamos ninguna palabra. Lo único que queda es el tono, esa suavidad o esa dureza que se nos queda atrapada en el pecho al despertar. Ese es el lenguaje del sueño: no la frase que olvidamos, sino la impresión que sobrevivió al olvido.
En otras noches, lo que habla es la luz. Puede cambiar de un instante a otro, iluminar algo que no esperábamos ver o volverse tan tenue que sentimos que hemos entrado en un sitio donde debemos caminar despacio. La luz, en los sueños, a veces dice más que cualquier personaje.
También está el lenguaje de las cosas pequeñas. Un vaso que aparece lleno cuando debería estar vacío. Un reloj que no avanza. Un libro que intentamos abrir pero que siempre vuelve a cerrarse justo antes de leer la primera frase.
Son detalles que parecen inútiles, pero que nos obligan a detenernos, a fijarnos, a reconocer una emoción que en la vigilia pasaría desapercibida.
A veces el sueño nos habla a través de acciones incompletas. Queremos correr, pero avanzamos despacio. Queremos llamar a alguien, pero la voz no sale. Queremos entrar en una habitación, pero la llave nunca encaja del todo.
No es un castigo ni un mensaje críptico: es la manera en que la mente reproduce una sensación real —la impotencia, la urgencia, la duda— sin utilizar ninguna palabra para nombrarla.
Y están también los sueños que sí se entienden sin esfuerzo. Por ejemplo, soñamos que alguien nos sostiene la mano con una delicadeza que no recordábamos. O que caminamos hacia un sitio que siempre hemos querido ver, y allí, aunque no pase nada extraordinario, sentimos un alivio profundo, como si todo se recolocara por un momento.
Esa claridad no viene de la lógica, sino del reconocimiento. El sueño no explica: revela. Nos muestra algo que ya sabíamos, pero que necesitábamos ver desde otro ángulo para sentirlo de verdad. En esos instantes, el significado de los sueños no es una interpretación, sino una intuición que se reconoce desde dentro.
Al final, el lenguaje de los sueños no es una narración: es una forma de atención. Un modo de que la mente nos diga: mira aquí; esto te importa más de lo que creías.
5. Cuando despertamos, algo del sueño se queda
Al despertar, casi siempre perdemos la mayor parte del sueño. La escena se deshace rápido: los colores se diluyen, las voces se apagan, los lugares que parecían tan sólidos vuelven a convertirse en nada. Pero, a veces, algo pequeño permanece. No el argumento —porque casi nunca hubo uno— sino un resto.
Puede ser una sensación que tarda un rato en evaporarse. Una emoción que aparece sin motivo aparente. O una idea que no habíamos pensado conscientemente, pero que de pronto está ahí, con una claridad sencilla.
A veces lo que queda del sueño es casi un gesto: un recuerdo de haber mirado algo con más calma, de haber escuchado sin miedo, de haber sentido una nostalgia que no sabíamos que seguía viva.
Los sueños hacen eso: nos devuelven al día con una parte nuestra afinada de otra manera. No resuelven nada, pero abren un espacio. No explican nada, pero iluminan algo que estaba a oscuras. Y aunque no podamos contarlo —aunque las escenas se escurran entre los dedos como agua— queda la sensación de haber pasado por un lugar que, de algún modo, nos conoce.
Quizá por eso algunos sueños no se recuerdan, pero sí cambian algo. Un pensamiento que se acomoda. Un miedo que pierde un milímetro de fuerza. Una certeza que aparece sin haberla buscado.
No hace falta entender el significado de los sueños. Éstos no se hicieron para ser descifrados, sino para acompañarnos en lo que todavía no sabemos nombrar. Tal vez por eso regresan una y otra vez esos sueños de libertad, discretos pero insistentes, como si quisieran mostrarnos una dirección que aún no nos atrevemos a mirar.
Cada noche, cuando volvemos a cerrar los ojos, ese país reaparece. No importa que no sepamos llegar a él despiertas: él siempre encuentra la manera de llegar a nosotras.
- Un artículo de Andrea Hernández -





0 Comentarios