En 2024 fuimos a Bali. La ilusión de ver de primera mano los campos de arroz y de comer en warungs fue un regalo por el que estamos profundamente agradecidas. Pero, ¿qué sentido tiene?
Dos años más tarde observamos con asombro como influencers y creadoras vuelven a mostrarnos los mismos lugares.
Vaya por delante que hemos dejado de seguir a cualquier influencer con un número alto de seguidores, porque donde antes veíamos emprendimiento y liderazgo femenino, ahora vemos falsedad y publicidad mal metida.
No nos creemos nada. Casas enormes de las que nunca se explica cómo mantenerlas limpias y ordenadas, pedidos constantes de ropa (y todo tipo de productos) que no entendemos dónde van si la casa ya está llena.
Y viajes. Viajes preciosos, algunos de los cuales hemos tenido la suerte de hacer, pero que en su caso se ven invadidos por extrañas visitas a fábricas o laboratorios, planos de cámara a sombrillas y tumbonas de marca, o mascarillas de luz roja en la cama del hotel.
Nos duele el estómago.
Cincuenta minutos de nuestra vida que podríamos dedicar, nosotras sí, a hacer los baños, aprender una nueva receta, ir al supermercado o meter en la contabilidad nuestras últimas facturas.
¿Y los libros esperando en la estantería?
No entienden qué haces viendo a una persona, cada día más harta de su trabajo, intentando convencerte de que esa crema es realmente la que le cambió la vida.
Bali transmite mucha paz, pero sólo si consigues no ver turistas ese día.
Nosotras tuvimos la suerte de ir sólo a Ubud. Nada de Canggu o Uluwatu donde se junta, con todos mis respetos, lo peor de cada casa. Personas que abusan del alcohol, las fotos y una falta de empatía total con el pueblo que les recibe. Se han hecho, literalmente, con sus calles.
En Ubud las calles son estrechas, muchas veces sin aceras o con aceras muy muy defectuosas. Hay ofrendas en las partes de la acera que están bien. Por la mañana, brillantes y coloridas, por la tarde, pisadas y aplastadas.
El único centro de yoga al que fui, estaba masificado. Masificado nivel que si estirabas la pierna del todo, le tocabas la coronilla a alguien.
Los niveles de suciedad, contaminación y vehículos en la calle son lo contrario a cualquier ideal de descanso o calma. Te sientes navegando suciedad entre el hotel y donde sea que vayas. Origen y destino estarán limpios, pero no el camino.
Es cierto que Ubud parece tener una espiritualidad muy presente, un respeto profundo a algo más grande.
Los masajes y tratamientos son una maravilla, verdadera desconexión de la polución externa e interna.
Nusa Penida habría que evitarla. Es preciosa, pero sólo ves cabezas de turistas sudados. Son los guías los que saben hacer fotos y videos para que parezca que estás sola en el Paraíso.
Mi amigo indonesio me dijo, hace muchos años, no vayas a Bali. No le entendí.
Pero ahora veo como españolas que no podrían serlo más han hecho de Bali su lugar preferido. Y esto chirría demasiado con mi necesidad de ir a los sitios a conocer a sus personas, a molestar lo menos posible y a camuflarme de forma que entienda lo que comen, lo que piensan, lo que les levanta el ánimo por las mañanas.
El pueblo balinés resitió muchas invasiones sin ceder. Algunos colonos acabaron haciendo acuerdos con sus líderes porque el pueblo no se rendía. Preferían quitarse la vida a ser gobernados por extranjeros y, tras algunas conquistas, los colonos veían ante sus ojos filas de balineses quitándose la vida.
Me pregunto cómo han llegado las nuevas ricas a instalarse en y hacerse con Bali. Dicen que mucho del daño vino del libro y película "Come, reza, ama".
Su forma actual de resistencia es que los extranjeros no puedan comprar tierra. Las villas que pueblan Instagram y YouTube están construidas sobre terreno alquilado.
También un impuesto por visitar la isla. Y el fin del limbo para los nómadas digitales, que si pasan más de 183 días en Bali pasarán a ser residentes fiscales de Indonesia con las responsabilidades derivadas.
Creo que cualquier nuevo video de alguien no indonesio sobre Bali ha pasado a estar en mi lista negra: aquella por la que decido qué no ver nunca más, para ser capaz de diseñar mi vida desde dentro y no desde fuera.
- Un artículo de Leticia Vicario -



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