¡Inauguramos nueva sección en Purcuapà Magazine! Relatos cortos. Porque sabemos que sentirse publicado es una sensación preciosa. Por aquí nuestro granito de arena a todas las personas que empiezan o quieren desarrollar su andadura en la escritura.
Da igual el agua que bebiera. De un lado, es como si en el agua hubiera renacuajos, los mismos que había en la fuente, y me daba angustia beberla; de otro, aunque, muy de vez en cuando, consiguiera verla cristalina, por mucho que bebiera, no me saciaba jamás.
Recuerdo ir cada domingo a la fuente a escucharlas, llevaban vestidos de flores, pañoletas que se movían al viento. Hablaban de jóvenes soldados que les daban flores y a veces cartas, escondidas al abrigo de las miradas acechantes de sus madres tras los visillos.
Me imaginaba ser como ellas más pronto que tarde.
Pero a medida que se oscurecía la guerra, se oscurecía el agua y se oscurecían sus pupilas.
Margarita vino con un ojo morado; fue el primero de muchos. Remedios se agarraba el vientre cada dos por tres como si pudiera contener el embrión que nubló su vida cuando se escurrió. Los soldados ya no daban cartas sino miradas al vacío, frases inconexas y un hastío irreparable, como un halo gris y húmedo que se te pegaba a los huesos.
Querría ir a la fuente y llenarla de flores. Poner el alto a todo lo que se llevó la guerra. Como si las flores se hubieran escapado de los vestidos. Querría volver a empezar.
La última vez que fui a la fuente el agua estaba negra, llena de renacuajos.
Sólo fue una mujer.
Esperó durante horas pero no vino nadie más.
- Que puedas olvidar todo, me dijo.
- Mari Carmen, quédese conmigo, limpiemos la fuente.
- Es el alma del pueblo la que está oscura, Irene, harán falta años para sanar.
- Un relato de Leticia Vicario -


