Crónicas navideñas: una noche de Reyes perpetua

Todas las navidades renuevo la misma promesa con la niña que fui: abrazar la magia y el asombro como si no fueran a acabarse nunca.

Vivir en una noche de Reyes constante. Creo que ese ha sido el gran sueño de mi vida desde que alcanzo a recordar. De niña, mi mundo empezaba y terminaba entre roscones y magia a quemarropa, la noche en la que todos los hechizos se volvían posibles. Incluso el de ser madre. Porque mi inesperadísimo hijo centella, que decidió nacer anticipadamente entre el fuego y las hojas secas del otoño, en realidad debería haberse asomado al mundo un 5 de enero. Pero le pudo la prisa huracanada -por parte de madre-, quizá para no perderse todo aquel derroche de magia.

La verdad es que nunca superé que volviéramos al mundo real después de Reyes, me parecía -me parece- terriblemente injusto. Incluso ahora, que llevo cuatro décadas en este planeta, me identifico con aquella niña terremoto que pasaba de la alegría desmedida al llanto desconsolado en cuestión de horas. Y la abrazo con todas mis fuerzas. 

Porque, como ella, me niego a creer que lo extraordinario sólo pueda durar un rato.

En nosotras siempre ha habitado una suerte de resistencia: ambas nos negamos a asumir que la cruda realidad se imponga a la magia. Por supuesto que aceptamos la fragilidad de la ilusión, pero no hemos aprendido a renunciar a ella. Ni creo que lo hagamos. 

Este afán de vivir en una noche de Reyes perpetua implica entregarse a la promesa, a la víspera; a la magia antes de revelarse; a la infancia que nunca deja de creer. 

Los zapatos siguen bajo el árbol, los regalos envueltos, y el mundo es extraordinario porque no se ha explicado del todo.

Elegimos esperar antes que poseer, cuidamos la capacidad de asombro frente a lo cotidiano y vivimos con la creencia -casi fe- de que algo bueno va a llegar, aunque no tengamos certezas. 

La mayoría se acostumbra a no esperar demasiado, a no entusiasmarse por si acaso. Pero nosotras elegimos creer. Y vamos con todo.

No sólo la noche de Reyes. Siempre. Cuando mi padre enfermó, esa niña y yo elegimos seguir creyendo hasta el último pulso. Y después de odiar tantísimo aquel septiembre, cuando la realidad se impuso como un frío puñal, decidimos reconciliarnos con la magia en enero. Celebramos la ingenuidad, celebramos el asombro.

Claro que esa niña y yo jamás hemos estado solas en nuestro desafío. Siempre hemos tenido de nuestra parte a nuestras hermanas y nuestra madre, la estirpe del dragón: mujeres sensibles, valientes y generosísimas que prenden la llama de lo extraordinario. La magia existe porque ellas existen. 

Nuestra madre ("Si me preguntan por ti, diré que tengo tu valentía pero, sobre todo -y por encima de todo-, tu manera de levantarte más fuerte tras cada caída"), que todas las navidades cocina nuestra comida favorita -lasaña- y la del resto de la familia con un amor inquebrantable, cosiendo todavía más fuerte nuestros lazos de fuego. Y esas hermanas un poquito suyas -que llegaron a nuestros casi nueve- y, sobre todo, mías, que han heredado todo lo bello de Eme, sobre todo esa capacidad de querer sin medida.      



Como somos brujas, también celebramos el Solsticio de invierno. Lo celebramos TODO. Y, desde que llegó nuestro pequeño brujito a la familia, la magia de nuestro conjuro se volvió todavía más poderosa. Ahora ponemos el árbol los cinco juntos, y devoramos en pijama el roscón casero de Eme en nuestra mañana favorita.

Otro de nuestros rituales paganos sagrados es ver una peli juntas (The Holiday, Una cuestión de tiempo, Love Actually…) con nuestros mejores jerseys navideños, aunque en los últimos años ha sido tarea imposible por exceso de escándalo. Este diciembre, nos hemos propuesto recuperar la tradición con Antes de ti (¿lo conseguiremos?). También nos encanta preparar margaritas y atrapar instantes con una Polaroid que nos recuerda que la magia no tiene por qué ser fugaz.

Todas las navidades, la pequeña L y yo nos convertimos en reinas invisibles. Todas las navidades celebramos esta vida loca y preciosa con amigos hasta que nos quedamos afónicas. Todas las navidades compartimos jersey disparatado -este año, de Stranger Things- y pizza de Año Nuevo con Él. Todas las navidades volvemos a abrazar a quienes viven en Canarias, Londres o Colorado. Todas las navidades echamos de menos a los abuelos y sobre todo a ti, papá. Todas las navidades liamos algún desmadre. Todas las navidades nos volvemos locas de emoción. Todas las navidades recibimos el WhastApp de algún ex. Todas las navidades nos viene a visitar algún virus.

Y todas las navidades, la pequeña L y yo renovamos la promesa de habitar en esa noche de Reyes eterna. 

Por fin hemos entendido que no significa negar la existencia del 7 de enero: significa reservar un rincón secreto para la magia y celebrar que, en nuestro mundo, siempre gana la partida.


- Un artículo de Laura López Altares -  


0 Comentarios

FIND US ON INSTAGRAM @PURCUAPA.MAGAZINE