2026 del revés: lo que nos recuerda Stranger Things

Reflexionamos sobre la mítica serie de ciencia ficción de Netflix, donde un inolvidable grupo de "outsiders" transita la adolescencia asediado por todo tipo de misterios, y donde los monstruos habitan en el Upside Down... y, sobre todo, dentro de ellos.

Si rebuscamos en la memoria, todas nuestras infancias nos llevan a algún refugio secreto a prueba de monstruos. Para los protagonistas de Stranger Things fue el sótano de Mike, donde sus partidas de Dungeons & Dragons les conducían a mundos asombrosos que acabarían invadiendo el suyo propio. Para mí, fue una carretera a la que todavía regreso cuando vuelve el pellizco del miedo (o de la nostalgia). 

Pocas series han conectado tanto con diferentes generaciones (especialmente con los millennials) como la nostálgica Stranger Things, que nos hizo empezar el año del revés, convirtiéndose en nuestro planazo de Nochevieja y poniendo de acuerdo a este desquiciado mundo en un mismo deseo de Año Nuevo: que los guionistas dejaran vivir a Steve Harrington. 

A partir de aquí, no puedo asegurar una lectura libre de spoilers, aunque prometo intentarlo. Y sólo mencionaré una muerte metafórica que me parece fundamental: esa infancia que se escurre entre los dedos, incluso para los que (como yo) nos resistimos a abandonarla del todo. Por eso nos ha llegado tan dentro la serie de Netflix. 

El fin de la infancia es uno de los momentos más terriblemente tristes de nuestra vida, aunque también excitante y lleno de futuros.

La infancia que se desvanece

En el universo de Stranger Things, la oscuridad adopta diversas formas: Demogorgon, Vecna, el Azotamentes... pero nada es tan inquietante como asistir, casi sin darnos cuenta, al fin de la infancia. Al principio, la inocencia y el juego imponen su luz incluso en el extrañamente maldito pueblo de Hawkins. Siempre parece haber margen para una tirada más, una vida extra, un golpe de suerte.

A medida que la historia avanza, algo más perturbador que cualquier criatura del mundo del revés empieza a ceñirse sobre la vida de los protagonistas: la adolescencia, esa frágil frontera hacia el mundo de los adultos. 


Cruzar la adolescencia es saltar a lo desconocido, a una suerte de Upside Down: el mismo mundo, pero asediado por todo tipo de peligros invisibles. Porque crecer implica salir a bailar con los demonios sin dados que decidan nuestro destino, afrontar la pérdida sin hechizos que la reviertan, aceptar que algunas grietas nunca se cierran. También implica aprender a vivir con el rechazo, la vergüenza, la conciencia brutal de no encajar del todo. Y, quizás, la que más miedo da de todas ellas: renunciar. 

La adolescencia deja de ser un lugar seguro porque las certezas se desmoronan. Y ese parpadeo de luces que anuncia la visita de la oscuridad sigue provocando terror, pero no más que la oscuridad propia. Lo vemos en todos ellos: en el miedo de Eleven a su propio poder, en el de Will a mostrarse como es realmente, en el de Dustin a volver a perder a su mejor amigo...  


Cuando el grupo abandona por última vez el sótano de Mike también cierra la puerta de la infancia. Pero en ellos habita cierta resistencia: eligen creer, escribir otro final. Y nosotras con ellos.

Un monstruo sin nombre

Otro elemento que nos ha hecho conectar desde la raíz con Stranger Things es su manera de retratar al monstruo. 

Escribe la psicóloga Noelia Sanjurjo que "el verdadero monstruo es el trauma que no se nombra". 

Para ella, Vecna representa esas emociones que no fueron gestionadas o comprendidas, y compara al Upside Down con aquellos lugares de nuestro mundo donde evitamos volver porque están llenos de miedo, culpa y dolor.
 
Los horrores del Upside Down no son únicamente criaturas de pesadilla: son heridas abiertas, ecos de algo que no cicatrizó. Por eso la serie logra algo incómodo y salvajemente humano: que podamos, en algún momento, empatizar incluso con Henry.

Sentimos el impulso de abrazar a ese niño aterrado. De decirle que no tuvo elección en aquella cueva, que reaccionó para salvar su vida. 

Pero nadie lo sostuvo. Nadie nombró lo que le ocurría. La culpa, al no ser compartida, se volvió un agujero negro. Y ese agujero negro terminó devorándolo.

Henry (probablemente el personaje más fascinante de la serie, aunque de la fascinación que nos provocan algunos villanos ya hablaremos otro día) se convierte en monstruo cuando el dolor deja de tener testigos y empieza a crecer sin control hasta invadirlo todo. 

Cuando nadie ilumina la herida, la herida aprende a morder. 

La serie no justifica sus actos, pero nos obliga a mirar el proceso: cómo el trauma silenciado y la vergüenza no acompañada pueden convertirse en odio y violencia.

Plantarle cara a Vecna significa enfrentarse a aquello que hiere por dentro. Es entrar voluntariamente en ese territorio que evitamos -la memoria, la culpa, la pérdida- y sostener la mirada sin huir. La batalla final va más allá de derrotar al villano: habla de abrazar fantasmas, compartir traumas para que todos los monstruos pierdan sus fríos colmillos. Es el vínculo lo que salva: una canción de Kate Bush, los amigos que se quedan.

La voz de los marginados

Y, en un mundo que se ha dado la vuelta, quienes mejor se mueven son quienes ya vivían un poco fuera de lugar: los nerds con sus juegos de rol, la chica misteriosa con poderes, la adolescente maltratada, el rey maldito de los marginados... Ellos saben lo que es no encajar y, al no pertenecer del todo, imaginan otras formas de habitar el mundo. O los mundos.


© 
Pictures: Netflix España

Aunque la sociedad los mira de reojo, son los diferentes los que se atreven a luchar en los márgenes, a combatir en las fronteras más oscuras, a dar su vida para salvar al mismo mundo que los aparta. El discurso de Dustin en la graduación es un canto a los olvidados, a los rebeldes, a los caídos. Y por eso nos hace reír y llorar a la vez. 

Stranger Things es un espejo de todo lo bello y lo horrible: nos recuerda que el mundo puede ponerse del revés una y otra vez; pero, mientras alguien nos llame desde el otro lado, siempre habrá un camino de vuelta.


- Un artículo de Laura López Altares -  


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