Ciudades sumergidas, naufragios, sortilegios, soles que se extinguen… A Costa da Morte (A Coruña), con sus acantilados imposibles y sus aguas enloquecidas, despierta atracción y temor casi a partes iguales. Pero hay abismos que salvan. Y en Purcuapà Magazine, nos hemos adentrado en el más mágico de Europa.
En las feroces aguas de la Costa da Morte -hay quien dice que malditas-, se enredaron los destinos de cientos y cientos de barcos que sucumbieron a su canto fatal de sal y furia. Por eso recibe también el poético y terrible sobrenombre de la Costa de los Naufragios. En ninguna otra se han encadenado tantos desastres marítimos. Sin embargo, por alguna razón que todavía investigo, ese derroche de fiereza oceánica a mí me ha salvado de (casi) todos mis naufragios.
Primer naufragio
Y digo casi porque una nunca está a salvo del todo, y menos si habitas una cabeza que tiende al cataclismo por pura diversión (“y no es por maldad, lo juro, es que me divierte el juego”). Recuerdo la primera vez que ocurrió: me asomé al fin del mundo a los 14. Mis ingeniosos padres, que ya no sabían qué inventar para contener la rebeldía de su primogénita, buscaron un destino en el que la salvaje criatura se reconciliase con el universo. Y entonces hicimos las maletas para pasar el verano allí donde una vez se acabó La Tierra.
A pesar de mi reticencia inicial, todos los abismos que se arremolinaban en aquella terra bruja fueron un bálsamo preciso y precioso. En Camariñas aprendí a navegar en un barco de vela, coqueteé con las meigas, acampé junto al Cementerio de los Ingleses, pertenecí a una pandilla fugaz y conocí a un pescador adolescente que besaba a mordiscos y jamás salía en las fotos porque decía, apuntando a su rubísima sien, que todo lo importante ya lo guardaba allí dentro.
Cuando su pequeña aldea apareció en televisión dos años después, teñida de negro por el desastre del Prestige, sentí unas ganas irrefrenables de volver. “A marea canalla dos piratas da mar. Nunca máis”. La Fuga compuso una canción bellísima para que a nadie se le olvidase semejante catástrofe, y la vida volvió a ese mar indomable con una fuerza inusitada. Yo todavía no he vuelto a Santa Mariña.
Segundo naufragio
Pero algún conjuro no pronunciado (¿o quizás sí?) me llevó de vuelta al fin del mundo. Sospecho que, atraída por la misma magia primitiva que transformó mi autodestrucción adolescente en creatividad arrebatada, mi madre regresó a la Costa da Morte. Y justo donde empieza y termina, en Malpica de Bergantiños, antiguo bastión ballenero, construyó un refugio para su estirpe de dragones: nuestra casa de mar y roca.
Cuenta la leyenda que la Atlántida se oculta bajo sus aguas indómitas y cristalinas, y que algún atlante consiguió llegar a sus costas. Uno de ellos fue San Adrián, o San Hadrián, el santo al que se reza en estas tierras paganas (incluida esta peregrina pecadora). Desde su santuario se divisan las enigmáticas Islas Sisargas y, a lo lejos, se recorta la silueta de nuestra Malpica marinera.
La verdad, me debato entre protegerla como el tesoro pirata que es para que nadie más la descubra o compartirla entre líneas, solo para aquellos que sepan mirar. A vila da vida na Costa da Morte. Con sus callejuelas escarpadas, su mítico puerto, su pulpo estratosférico -se rumorea que el de la Taberna de Lesto es el mejor de toda Galicia-, su Faro de Nariga vigilado por un malogrado atlante, sus playas salvajes y bioluminescentes.
Justo un año después de conocernos, en plena efervescencia sensorial, irrumpió el COVID con su fatal artillería, y entonces aprendimos a echarla de menos, a bailarla despacio. Y ella nos devolvió el guiño, generosa hasta la locura.
Con su olería de Buño (la alfarería, ese oficio ancestral que mantienen vivo a barro y piel), sus sardinadas, su animadísimo paseo marítimo, su raxo -mi favorito es el del Bar Ybarra-, sus pintorescas fachadas, sus cielos imposibles, ese prodigioso estrella Michelin -As Garzas- que se asoma al acantilado.
Pero lo más fascinante de Malpica no aparece en mapas ni libros: está en las manos de mi niño remolino rebozando croquetas (y de paso a todas nosotras) con la abuela, en la calma salada con la que mis hermanas pequeñas-mayores abrazan todas mis alocadas tempestades, en la fuerza de siete mares con la que nuestra madre nos sostiene a todos, en risas escandalosas que trepan la garganta como enredaderas.
De 2020 hasta hoy no hubo solo un naufragio; sino un buen puñado de ellos: sus ojos grises en el salón de los guerreros más valientes, Walhalla (“habría sido difícil, bonito y salvaje”, como escribe María Vera), yo jugándome mi vida laboral a la ruleta rusa, la esperanza en el amor volando hasta Marte para después extinguirse en una suerte de choque cósmico (Podrías hacer de esto algo bonito), tarjetas de crédito danzando mucho más allá de la cordura, el monstruo que siempre acecha mi ca(l)ma… Pero la Costa da Morte sabe de sortilegios, y me lanzó el definitivo.
Tercer naufragio
Una tarde de 2021 entré en la tienda de cerámica Creare para dejarme prender por sus bellísimas piezas de artesanía inspiradas en la mar y sus runas vikingas. Hace un tiempo dejaron de fabricarlas, pero por aquel entonces eran adictivas. El juego era cerrar los ojos y coger una al azar casi a modo de premonición. A mí me tocó la de la fertilidad, y su creadora, mitad artesana mitad meiga, mencionó entre risas que quizás al año siguiente volvería para contarle que estaba embarazada.
Varias lunas después, abrí esa misma puerta con un dragoncito incipiente revoloteando bajo las costillas: estaba embarazada de cuatro meses. Yo, incapaz de cuidar siquiera de una planta sin armar un desmadre, había creado vida desde el precipicio desafiando toda clase de improbabilidades (aunque esa ya es otra historia). Y resultó que los ojos de Héctor, igual que los de su padre, están pintados del mismo color que el mar de Malpica: verde brillante cuando los atraviesa el sol, azul oscuro casi gris cuando se pierden en la tormenta.
Ahora, nuestro refugio en el fin del mundo también es el suyo (sobre todo el suyo). Lo habitamos durante un mes y medio cada año, pero lo llevamos puesto todos los días. Porque la Costa da Morte se queda muy adentro.
Y ojalá, lectores y lectoras, encontréis algún día esa brújula que os lleve una y otra vez de vuelta a vosotros mismos. Aunque la tengáis que buscar en el mismo fin del mundo.
“Costa da Morte es el último lugar de Europa en el que se pone el sol, el último sitio del continente en el que hay luz. Ocurre en cabo Touriñán y sólo dos meses, entre el 14 de marzo y el 24 de abril y entre el 18 de agosto y el 19 de septiembre, y se debe al cambio del eje de rotación de la Tierra respecto al sol. Aquí se plantaron los romanos bajo el mando de Décimo Junio Bruto, tras recorrer toda la costa del océano; vieron desde el monte del cabo Finisterre, horrorizados, cómo el sol se caía al mar poco a poco hasta ser tragado por él, y dedujeron que no había más mundo que el lugar en el que estaban; que más allá, donde el sol había desaparecido, se precipitarían desde el mar al abismo”.
Manuel Jabois, Miss Marte
- Un artículo de Laura López Altares -
0 Comentarios