Hay gestos que sobreviven al tiempo. Uno de ellos es ir al mercadillo.
Hay una parte de mí que sólo existe los sábados por la mañana. Aparece cuando la ciudad todavía está medio dormida y las calles huelen a humedad y a pan. Camino hacia el mercadillo con una bolsa de tela y el corazón un poco más ligero, como si ese trayecto sencillo —de casa a los puestos— bastara para poner el mundo en orden.
Entre los toldos azules y verdes, la vida ocurre sin adornos. Los vendedores montan sus mesas y saludan con una voz que ya conoce a quién se acerca.
Las frutas relucen bajo la primera luz, las telas se mueven como banderas, y yo reconozco los rostros de siempre: la frutera que me guarda los tomates más maduros, el hombre que corta el queso en porciones perfectas, la mujer del puesto de ropa que, cuando me ve llegar, sonríe y dice:
—Hoy tengo algo que te va a gustar.
A veces lo encuentro. Una chaqueta olvidada de otra década, un pañuelo con flores casi idénticas a las de las batas de mi abuela, un vestido que parece esperarme desde hace años.
Hay algo profundamente humano en eso. En una época donde casi todo se puede pedir con un clic, sigo encontrando sentido en volver al mercado, al mismo puesto, a la misma voz que me pregunta si hoy quiero las naranjas más dulces o las de zumo.
No voy sólo a comprar. Voy a recordar.
Herencias que no sabíamos que seguían vivas
De niña, acompañaba a mi abuela al mercado. Recuerdo sus manos tocando los tomates uno por uno, la forma en que olía los melocotones antes de elegirlos, las batas de flores que compraba para la cocina.
Ella hablaba con todo el mundo y siempre volvía con algo más de lo que planeaba comprar: un ramo de perejil que le regalaban, una barra de pan para el camino, una historia nueva que contar en la comida del domingo.
Todo eso me parecía un universo pequeño y previsible, y hoy lo miro con una ternura que me desarma. Los mismos gestos siguen ocurriendo, sólo que ahora soy yo quien los repite.
Los vendedores la conocían por su nombre.
Y ahora, tantos años después, algunos me conocen a mí. No porque recuerden su cara, sino porque sigo su costumbre: detenerme, preguntar, escuchar.
A veces, mientras camino entre los puestos, me parece verla.
En la forma en que una mujer mayor guarda el cambio en un monedero de piel, o en cómo un vendedor envuelve una pieza de fruta con papel de estraza como si fuera un regalo. Es en esos detalles donde el tiempo se pliega y las generaciones se rozan sin ruido.
Hay algo de herencia invisible en esos gestos. Una educación emocional que no aprendí en ninguna escuela, sino bajo los toldos del mercado.
Mi abuela no hablaba de consumo responsable ni de economía de proximidad: simplemente vivía con los suyos, entre la gente que cultivaba, cosía o vendía lo que hacía con las manos.
Yo vuelvo aquí para no olvidarlo.
El estigma y la dulzura
Durante años, los mercadillos fueron tratados como un lugar menor. “Cosas baratas”, “ropa sin valor”, “fruta del montón”.
Pero si uno se detiene de verdad, si mira despacio, descubre que la belleza también habita lo humilde.
En la arruga de una tela, en la forma irregular de un tomate, en las voces que se cruzan entre los puestos. Aquí no hay escaparates ni campañas: hay humanidad.
Cada sábado encuentro algo distinto. No siempre lo compro.
A veces basta con ver cómo una mujer mayor elige un abrigo y sonríe frente a un pequeño espejo apoyado en el suelo. Hay una ternura anónima en esa escena: la felicidad silenciosa de saberse guapa sin necesitar permiso.
El vino de después
Cuando termino, cruzo la plaza y entro en la vinoteca de siempre. La camarera me mira y, sin que yo diga nada, pregunta:
—¿Un Rioja como siempre? ¿Y qué gilda quieres hoy?
Y ahí, en esa pregunta tan pequeña, está todo lo que me ata a este lugar. El reconocimiento, la costumbre, la pausa.
Mientras bebo el primer sorbo, pienso en el mercado que ya empieza a desmontarse. Los toldos se pliegan, los puestos se vacían, pero queda ese olor a fruta y a tela mojada que anuncia el fin del día. Me gusta ese momento: cuando todo termina y, sin embargo, algo dentro de mí se queda en calma.
Como si volver al mercadillo fuera también una forma de volver a mí misma.
El corazón de lo sencillo
Ir al mercadillo no es sólo comprar: es recordar que todavía existe una vida que no necesita velocidad.
Una vida que se mide en conversaciones, en gestos, en nombres propios. Defender el comercio local no es una consigna: es una manera de permanecer en lo real.
Yo vuelvo cada sábado porque ahí el tiempo no se impone: se comparte. Y porque en un mundo que nos quiere anónimos,
aquí todavía alguien me llama por mi nombre.
- Un artículo de Andrea Hernández -
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