En Purcuapà Magazine creemos en esos lugares que no se borran aunque los dejemos atrás. En lo que ocurre cuando sales del sitio donde naciste y vuelves distinta, con otra ropa, otro acento, otras manías, pero con las mismas calles mirándote como si siguieras ahí.
No soy la misma, y sin embargo sigo siendo.
Llegar y no encajar del todo
Volver a mi pueblo es como abrir un cajón que huele a infancia. Todo está ahí: las fachadas gastadas, el bar de siempre, las voces que no necesitan presentaciones. Sólo que yo ya no soy igual.
No me siento superior, ni mucho menos.
A veces hasta me siento más pequeña, como si hubiera olvidado el idioma secreto que todos siguen hablando.
A veces mi madre nota mi incomodidad antes que yo: me coge de la mano en mitad de la calle y enseguida la suelta —«tranquila, estoy aquí, a tu ritmo»—, porque sabe que la necesito cerca y que todo me abruma un poquito a veces.
Una extranjera en mi propio origen
Es raro. Te miran con curiosidad, como si hubieras traído otro aire en la maleta. Y tú miras todo con la misma sorpresa: la ropa que usas no encaja del todo, tus rutinas no caben en ese ritmo más lento, tus prioridades parecen de otro planeta.
Y sin embargo, no es distancia lo que siento, sino una especie de ternura. Porque aunque me vea diferente, sigo reconociendo en mí los gestos que aprendí aquí: la forma de reír, de contar historias en la mesa, de saludar al cruzarme con alguien por la calle. Todo eso se quedó pegado, incluso cuando me fui.
Entre el flat white y el café con leche
En la ciudad pido un flat white sin pensarlo. Lo tomo casi cada mañana como un gesto de rutina que me da calma, la espuma justa, en taza bonita. Pero en el pueblo, cuando pronuncio esas palabras, la camarera me sonríe como si estuviera hablando en otro idioma y me devuelve lo de siempre: un café con leche en vaso alto.
Me lo bebo igual, claro. Y mientras lo tomo, me descubro pensando que quizá ahí está la metáfora: lo que en la ciudad se llama con precisión y tiene espuma artística, en el pueblo sigue siendo un café con leche de toda la vida. Sin poses, sin ritual. Y yo, que me esfuerzo por explicar qué es un flat white, acabo recordando que el sabor, al final, es casi el mismo. Y que me gusta así.
Leer en la terraza y un vino en el bar de siempre
Las tardes en el pueblo tienen otro ritmo. No hay cafeterías con wifi, ni museos cerca, ni librerías con ediciones extranjeras. Hay la terraza de casa, con sillas de plástico que siempre crujen un poco, y el silencio interrumpido por algún coche que pasa lento.
Me siento allí con un libro abierto y me sorprende que sea suficiente.
El sol entra por el lado de la fachada, y mientras leo pienso que aquí aprendí, de niña, a sostener las horas largas. Y que quizá ese hábito de leer sin prisa es lo que me acompaña todavía cuando viajo en metro o cuando espero sola en un aeropuerto.
A veces, al cerrar el libro, bajo a la plaza y me cruzo con una amiga de la familia. La misma que de pequeña me pasaba por la ventana del portal a su casa porque mi madre trabajaba hasta tarde. Ahora nos sentamos en una terraza y brindamos con un vino sencillo. «¿Quién nos lo iba a decir?», me dice riendo, y yo siento que algunas lealtades crecen contigo.
El trabajo como rareza
Siempre llega la misma pregunta, tarde o temprano: ¿y tú en qué trabajas ahora?
El otro día me lo preguntaron en la carnicería de siempre. Han hecho obras: ahora parece un pequeño colmado, con botellas de vino apiladas, conservas brillantes y un mostrador nuevo; pero la familiaridad sigue intacta. «¿Y tú dónde andas ahora? ¿A qué te dedicas?», me lanzó la carnicera, como si nunca me hubiera marchado.
Digo que soy community manager y redactora digital. Lo digo bajito, casi como si confesara algo raro. Me pongo roja. Sé que para muchos suena abstracto, que no terminan de entenderlo. Pero justo entonces aparece otra reacción que no esperaba: cierto orgullo extraño.
No solamente la carnicera. Personas que apenas recordaba me dicen: “Qué bien, chica, tú siempre escribías bonito, ya se notaba”. Y me quedo pensando en esa versión adolescente de mí, que escribía diarios escondidos en cajones y que nunca imaginó que un día alguien en el bar de la plaza iba a felicitarla por vivir de sus palabras.
La belleza que aprendí fuera y redescubro aquí
También me doy cuenta de que miro la belleza de otra forma.
En la ciudad la busco en galerías, en cafés nuevos, en vestidos que me recuerdan a París. Aquí la descubro en macetas de geranios, en ropas tendidas con pinzas de madera, en el olor del pan caliente al caer la tarde.
Y quizá esa forma distinta de mirar sea lo que más me separa… y lo que más me ata a este lugar.
Cierre
En Purcuapà Magazine celebramos esa paradoja: ser de fuera y ser de aquí al mismo tiempo.
Porque quizá pertenecer no significa volver igual, sino aceptar que algo de ti siempre se queda.
Y que, aunque vistas distinto, leas en otra lengua o trabajes en un oficio digital, tu pueblo sigue reconociéndote en los ojos, en las calles, en la memoria compartida.
Al final, pertenecer no es ser igual. Es aceptar que, aunque el mundo te cambie, hay un lugar que sigue nombrándote. Es volver para recordar quién fuiste… y quién eres ahora.
- Un artículo de Andrea Hernández -
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