Las historias que nos hicieron: Mitología, raíces y volver al norte siendo mujer

En Purcuapà Magazine creemos que hay lugares que no se abandonan nunca del todo. El norte es uno de ellos.

Volver a Asturias no es solo regresar a un paisaje, sino a una forma antigua de entender el mundo. La niebla, el monte, el mar. Las historias escuchadas de pequeña, cuando aún no sabía nombrarlas, pero ya me fascinaban. 

Relatos de seres que habitaban los bosques, las cuevas, el agua. Magia cotidiana.

De niña, aquellas leyendas eran cuentos. Hoy, al volver como mujer, entiendo que eran algo más: una lengua heredada, una manera de explicar la vida, el deseo, la protección, lo salvaje. La mitología asturiana no vive en los libros, vive en la memoria familiar, en la tradición oral, en el paisaje que sigue hablando aunque no siempre sepamos escucharlo.

Regresar a esas historias es también regresar a una misma. A las raíces. A lo que siempre estuvo ahí, esperando a ser entendido desde otro lugar.

La primera vez que escuché sus nombres

Me regalaron un libro de mitología asturiana. Tenía dibujos y letras difíciles, pero a mí me gustaba igual.

Leía los nombres despacio, en voz baja, para no equivocarme. Xanas. Trasgos. Cuélebres.

Me imaginaba que vivían cerca. 

En el río, en el monte, dentro de las cuevas. Que salían por la noche cuando nadie los veía.

A veces me daba un poco de miedo, pero no quería cerrar el libro. 

Era un miedo bonito.

Pensaba que si caminaba despacio y escuchaba bien, igual un día veía uno.

Los seres que siguen habitando el paisaje

Al volver a estas historias desde la adultez, empiezo a reconocerlos de otra manera. Ya no como personajes aislados, sino como presencias que forman parte del paisaje y del carácter del norte.

Las xanas siguen en el agua. En los ríos claros, en las fuentes escondidas, en ese brillo que aparece cuando nadie mira. Ahora las leo como figuras ligadas a lo femenino, a lo que fluye y no se deja atrapar. Bellas, sí, pero también libres. No están para ser poseídas, sino para ser respetadas.

Los trasgus, traviesos y domésticos, se mueven dentro de las casas. En el ruido que aparece sin explicación, en lo que se desordena solo, 

en esa sensación de que algo invisible convive contigo. 

De niña me hacían reír y temer a partes iguales. Hoy los entiendo como símbolos de lo cotidiano que no controlamos, de todo aquello que ocurre cuando creemos tenerlo todo en orden.

Los cuélebres habitan otro lugar. Son antiguos, enormes, guardianes. Representan el miedo, pero también el límite. No todo está para ser cruzado. No todo debe tocarse. Hay cosas que se protegen imponiendo respeto, y eso también es sabiduría.

Pero no están solos.

Están las anjanas, protectoras silenciosas, vinculadas a los bosques y a la bondad discreta. Figuras que cuidan sin pedir nada a cambio, 

como tantas mujeres que sostuvieron la vida sin ser nombradas.

Están las guaxas, incómodas y oscuras, recordándonos que no toda herida se cuenta desde la luz. Que también hay relatos que hablan del dolor, de la pérdida, de lo que la comunidad no supo sostener.

Y están los nuberos, dueños de la tormenta, atravesando el cielo del norte como una advertencia: la naturaleza no se negocia, se escucha. 

El clima, el monte, el mar… todo tiene carácter.

Entender la mitología asturiana es aceptar eso: que el mundo no es plano ni del todo amable, pero sí profundamente vivo.

Estas figuras no pertenecen al pasado. Siguen habitando el paisaje, las palabras, la forma de mirar. Y al volver a ellas ahora, desde este lugar, entiendo que también me han habitado siempre.

Las historias que se dijeron en casa

Antes de estar en los libros, estas historias estaban en la cocina. En conversaciones a media voz, en advertencias dichas casi en broma, en frases que se repetían como si no tuvieran importancia. Nadie decía mitología, pero todos sabían de qué se hablaba.

Se aprendían así, sin ceremonia. Como se aprenden las cosas que de verdad importan.

En el pueblo, las historias no necesitaban ser creídas para funcionar. Bastaba con escucharlas. Con saber que el monte tenía una historia, que el río merecía respeto, que la noche no era un espacio vacío. Las leyendas convivían con lo cotidiano: con las costumbres, con los silencios, con esa forma tan del norte de no explicarlo todo.

Ahora entiendo que esa transmisión era una forma de cuidado. Una pedagogía emocional hecha de relatos, de símbolos, de advertencias suaves. A través del mito se enseñaban límites, se hablaba del miedo, de la protección, de lo que debía ser respetado aunque no se entendiera del todo.

Las raíces funcionan así. No se imponen: se filtran. Se quedan en el cuerpo, en la manera de mirar, en la relación con la tierra y con los demás.

Volver a esas historias desde la adultez es reconocer una herencia que no pesa. Una tradición que no ata, sino que sostiene. Una forma de pertenecer que no necesita explicarse.

La reconexión

Entiendo ahora que aquellas historias no me preparaban para creer en seres mágicos, sino para habitar el mundo con atención. Para respetar lo que no se ve. Para aceptar que no todo se nombra, que no todo se controla, que hay cosas —personas, territorios, emociones— que se cuidan mejor desde el silencio.

Reconectar con las raíces familiares no es volver atrás. Es mirar de frente lo que me hizo. Reconocer en mí gestos, intuiciones, formas de estar que vienen de lejos. De mujeres que escucharon antes. De historias que pasaron de boca en boca sin saber que estaban construyendo identidad.

Hoy, esas leyendas ya no me asombran como cuando tenía siete años. Me sostienen, me acompañan, me explican. Me devuelven a un lugar interno que siempre estuvo ahí.

Volver al mito es volver a una misma. 

No para quedarse en el pasado, sino para caminar el presente con más conciencia, con más raíz, con una forma de pertenecer que no necesita demostrarse.

Porque el mito, al final, no era un lugar al que ir. Era un hogar simbólico al que siempre se puede volver.


- Un artículo de Andrea Hernández - 


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