Aunque en Purcuapà Magazine abrazamos con fuerza nuestras raíces, también miramos a las estrellas para (re)conocernos. Danzamos entre el fuego, la tierra, el agua y el aire de nuestra carta natal e interpretamos el zodiaco en clave ‘slow’.
No lo hacemos para anticipar el futuro, sino para ser más conscientes del presente.
Para entender cómo nos movemos, cómo sentimos, cómo reaccionamos ante lo que nos pellizca por dentro. Entendemos la astrología como una suerte de mapa invisible que no marca el camino, pero lo acompaña como una fuerza silenciosa (e irresistible).
Imaginamos nuestra carta natal como una danza lenta y poderosa entre elementos: los signos de fuego -Aries, Leo y Sagitario- simbolizan el ímpetu volcánico, el deseo más puro y la valentía arrebatada; los de Tierra -Tauro, Virgo y Capricornio- sostienen y construyen con la fuerza de un terremoto, resistentes y magnéticos; los de Agua -Cáncer, Escorpio y Piscis- sienten con la intensidad de las mareas, guiados por una intuición casi sobrenatural; y los de Aire -Géminis, Libra y Acuario- se mueven como corrientes invisibles, impulsados por la necesidad de comunicar, conectar y compartir.
Doce signos, doce formas de habitar el mundo
Aries irrumpe, prende, arrasa. Es el inicio, la chispa, la provocación, el salto al vacío. Vive en el ímpetu del primer disparo y nos recuerda el valor de lanzarse, de apostar al todo o nada. En un mundo que todo lo mide, el incendiario Aries representa el bello arte de la imprudencia.
Tauro sostiene, goza, resiste. Ama lo que crece despacio y anhela la belleza y la seguridad por encima de todas las cosas. El signo más sensual y hedonista disfruta los placeres lentos y, aunque tiemble el suelo, permanece. No sucumbe a la velocidad, y su calma es una suerte de rebeldía.
Géminis comunica, piensa, cambia. Vuela entre ideas, conversaciones y contradicciones. No busca la verdad, solo el movimiento. Géminis nos ofrece una atractiva coartada para no ser coherentes todo el tiempo, y la posibilidad de reinventarnos una y mil veces.
Cáncer percibe, protege, recuerda. Se refugia en las cicatrices, en los mares de la memoria. Su mundo es líquido, profundo, y reivindica la sensibilidad como una forma de fortaleza. Cáncer abraza lo que ama y es hogar, incluso cuando se está rompiendo.
Leo brilla, gobierna, gana. Su fuego ilumina, aviva e hipnotiza. Toma el escenario con generosidad y grandeza.
El impetuoso Leo nos da una valiosa lección: que mostrarnos tal como somos no es arrogancia, sino un acto de valentía. En su rugido hay más verdad que en cien susurros.
Virgo ordena, observa, clasifica. Virgo necesita creer que el mundo puede arreglarse con pequeños gestos. Su perfeccionismo recuerda que controlar el caos cotidiano también puede ser una forma de amar, y que mejorar el mundo empieza por cuidar los detalles y a quien está cerca.
Libra armoniza, seduce, duda. Y, como hija de Afodita, busca la belleza sin descanso.
Quiere que todo encaje sin romperse: las relaciones, las palabras, los silencios. Libra nos recuerda que la diplomacia significa tejer paz con sutileza.
Y que el equilibrio no tiene por qué ser quimera.
Escorpio transforma, profundiza, devora. Nada superficial le basta, y no conoce el término medio. Tan magnético y complejo que adentrarse en su mundo significa atravesar el fuego.
El signo más incomprendido nos enseña que sentir con semejante intensidad también libera.
Sagitario explora, desafía, inspira.
Vive con la huracanada certeza de que algo mejor espera un poco más allá, en la excitante promesa del mañana.
Su espíritu libre y su rebeldía tienen la fuerza de cambiar el mundo, y nos recuerda que es mejor viajar sin mapas para encontrarse.
Capricornio construye, asciende, persevera. Disciplinado y comprometido,
es la prueba de que la cima se alcanza paso a paso, y de que la paciencia puede ser el arma más poderosa.
Capricornio encuentra heroico el sacrificio y, con su ambición, transforma la constancia en éxito.
Acuario inventa, cuestiona, libera. Irreverente y visionario, no tiene ninguna intención de encajar en un mundo que se le queda pequeño. Por eso vive en el futuro y sueña con otros universos posibles. Encarna la promesa -y el riesgo- de imaginar lo distinto, la libertad sin límites.
Piscis siente, sueña, intuye. Siempre entre la ensoñación y la vigilia, percibe más de lo que puede explicar. Sus emociones fluyen como el océano e invitan a navegar en lo invisible.
El imaginativo Piscis nos enseña que entregarse al mundo interior no es debilidad: es la puerta hacia la magia.
Cuando leemos el zodiaco, quizás lo hacemos para confirmar que no estamos solos: alguien, en otra vida, ya puso nombre a nuestra forma singular y mágica de habitar el mundo.
Mirar la carta natal en clave slow es un acto de autoaceptación, de curiosidad serena y de reconciliación con nuestras propias contradicciones. Algunos elementos marcarán nuestra Luna, otros nuestro Venus; todos nos definirán de alguna forma. Es aceptar que el cielo no impone, pero dibuja una constelación de sensibilidades y posibilidades.
Y que, a veces, detenerse a mirar las estrellas es otra manera de volver a las raíces.














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