Era un sentimiento constante. El de no encajar. "Mum, I am not made for this place". Es una frase que acabo de leer en "La Guardiana", de Yael van der Wouden.
Hace poco, en casa de mis padres, encontré un informe de la psicopedagoga del instituto. Tenía 15 años. Decía: "Necesidad imperiosa de salir del entorno". No me podría haber definido mejor, pensé.
Esa fue mi adolescencia, mi adultez joven, lo que quiera que eso sea. Y mi ingreso a la vida adulta.
Vine a Bruselas con 26 años. No echen la cuenta.
Pero si hablo de arraigo, es muy importante hablar de esto.
Que no siento Bélgica mi casa, aunque Bruselas haya sido mi lugar más seguro hasta ahora.
Cuando llevaba cinco años aquí, una administrativa de la comuna me dijo: "Ya puedes tener la nacionalidad belga". Como ya conté en un post de Instagram, mi cabeza dio un vuelco. ¿Por qué habría de hacer eso? ¿Por qué me haría eso a mí misma? No, no, y 70 veces no, aunque de mal augurio.
Aquí llueve mucho, aquí el cielo está demasiado gris y demasiado cerca. Aquí los domingos me encogían el estómago durante años porque al día siguiente era lunes y llevaba la comunicación de unos proyectos que parecían siempre a punto de extinguirse. Y no sólo era eso. Se me grabaron en el cerebro palabras que nunca quise oír, y ya nunca dejaron de resonarme, pero los domingos, entraban en la casa y no se escuchaba otra cosa.
Yo, querida administrativa de la comuna 1000 Bruselas, no vine porque quise, vine, por una llamada que sonó mientras estaba en el metro y porque no hubo una solución mejor. Corrijo. Sí vine porque quise, porque quise huir de la que ya no soportaba más. Una tristeza profunda que nunca se fue de ninguna de las casas, ni de los hospitales, ni de la pasarela cerca de la Universidad Autónoma, ni de los bancos de las calles donde fui tan feliz y que cada vez que veía estaban más vacíos.
Como si los buenos recuerdos estuvieran cada vez más lejos o peor, nunca hubieran existido.
Pero eso no significa, querida administrativa de la comuna 1000 Bruselas, que yo quiera la nacionalidad belga. No la querría bajo ninguna circunstancia que pudiera imaginar en aquel momento y que pueda imaginar ahora. Yo no pertenezco a estas calles grises, aunque últimamente sale tanto el sol que hemos limpiado los cristales, ni a la imposibilidad de improvisar planes, ni a los parques que se estropean con hombres desagradables y ojos de mirada negra.
Yo, aunque ya vaya por la segunda comuna belga, pertenezco al sol de Andalucía.
A los domingos que parecían durar años con gente que me quería tanto. A las películas que fui a ver al cine cuando lo abrieron y también cuando lo cambiaron de centro comercial. Al VIPS y sus nachos con chorizo. A las mil y una tipologías de aceitunas. A los bocadillos de tortilla y pimiento verde de mi madre cuando aún estábamos todos. Y mi padre, aunque siempre extraordinariamente lento (para salir el día del viaje, para regar las plantas, para decidirse a tomar una foto con su cámara milimétrica), aún era un hombre alegre.
A la casa del pueblo, las flores y la parra del patio; a los posamanos de los sillones de ganchillo que quería aprender a tejer. A las garrafas de cinco litros de aceite de oliva virgen. A la tortilla de mi abuela, que no sabía como la de mi madre en un capricho hereditario que nunca entendí. A las miradas de mi abuela antes de que preguntara ¿dónde está el niño?. Al sol que se colaba por todas mis ventanas.
Yo, querida comuna 1000 Bruselas, pertenezco al sol de verano, al de las ilusiones que no se rompen, al color de las banderillas, las chuches y los Jumpers, sobre todo al que te salía cargado de mantequilla. A los outfits con mis amigas en un verano en Alicante, al lila como sombra de ojos escuchando a Estopa, a las palmeras que se mecen, acogiéndote, en tantos puntos de España, incluidas las Canarias.
Quizá tuve que irme, pero nunca daré mi pasaporte a torcer.
Ese, que ha sido siempre rojo salvo el año que fue pasaporte de servicio en Marruecos, pertenece al único sol al que respondo, el de un país de gente diversa pero amable; de gente que piensa que mañana será mejor y que lo que duele, irá sanando con el cariño de tu gente, y los días en los que la luz que entra por la ventana no te deja abrir los ojos.
Yo soy española, porque ese pasaporte me recuerda que el sol existe y cuando lo abro, salen banderillas, de las que me servía mi padre los domingos con las pechugas de pollo a la plancha.
- Un artículo de Leticia Vicario -






0 Comentarios