En Purcuapà Magazine creemos que hay años —especialmente cuando llega diciembre y el calendario empieza a insinuar el año nuevo— que no se recuerdan por lo que ocurre, sino por lo que se aprende a sostener.
No hacen ruido. No vienen marcados por grandes decisiones ni por escenas memorables. Son años que se construyen en lo pequeño, en lo repetido, en aquello que —sin darnos cuenta— empieza a ordenarnos por dentro.
Este fue uno de esos años.
Vivir sola, por primera vez, trae consigo una forma distinta de mirar la casa, el tiempo y la compañía.
Todo se vuelve más nítido: los silencios, las rutinas, los regresos al final del día.
Y es ahí, en ese territorio íntimo y cotidiano, donde a veces aparecen vínculos inesperados que no llegan para ocupar espacio, sino para hacerlo habitable.
Mi gata —un gato europeo— llegó así. Despacio. Encontrando sitio en huecos que yo no sabía que estaban vacíos.
Y sin proponérselo, me enseñó algo esencial: que querer no siempre es un gesto grande. A veces es quedarse. Acompañar. Volver. De esas formas mínimas —y profundamente transformadoras— nacen estas doce lecciones.
La supervivencia también es un vínculo
Mi madre la encontró con horas de vida: diminuta, helada, con tres patitas y media y un conejito de peluche que le sirvió de primer hogar.
Yo, desde París, buscaba en la pantalla cualquier gesto que dijera “sigo aquí”, intentando no encariñarme mientras ya me estaba pasando.
Hay amores que nacen donde empieza el miedo. Ella aprendió a quedarse. Y yo, a esperar.
Desde entonces, cada uno de sus gestos tiene un brillo pequeño, como si aún recordara que vivir fue, alguna vez, una forma de milagro.
Descubrir que hay amores que no entienden de distancia
Siempre escuché que los gatos eran independientes. Hasta que ella decidió que la distancia no era una opción. Se acurruca encima de mí con naturalidad, como si mi cuerpo fuera su territorio original. A veces levanto la vista y está ahí, apoyada en mi brazo, recordándome —sin hacer ruido— que existen amores que no necesitan palabras para afirmarse.
Pedir no es debilidad
Cuando quiere algo, no duda. Me toca la pierna, maúlla, me mira fijo.
No se disculpa por necesitar.
No se esconde. Observándola aprendí que pedir es un gesto honesto, una forma clara de confianza. Que reconocer lo que una necesita —y decirlo— también puede ser un acto de valentía cotidiana.
El mundo se mira mejor desde su ventana
Me pide que la suba a la ventana y allí se queda, inmóvil, mirando pájaros como si cada uno fuera un pequeño acontecimiento. No hay prisa. No hay ruido. A su lado, el mundo parece menos hostil, más lento, casi amable. A veces pienso que no busca altura, sino compañía. Y que hay cosas importantes que sólo se entienden mirando hacia fuera sin necesidad de irse.
La alegría también cabe en lo mínimo
Un macarrón olvidado en el suelo puede convertirse en el centro del universo. Corre, salta, lo persigue con una seriedad que roza lo cómico. Y yo la miro pensando que quizá la felicidad no sea tan compleja como creemos: quizá tenga más que ver con entregarse al juego, con encontrar magia en lo que otros pasarían por alto.
El humor también sostiene
Tiene un talento especial para desarmar los días pesados. Su teatralidad exagerada frente al cuenco, sus sustos improvisados detrás de una puerta, su torpeza valiente persiguiendo nada. Todo eso afloja algo dentro de mí. Me recuerda que la vida también puede ser ligera, absurda, amable.
Y que reír juntas es otra forma —muy íntima— de cuidado.
El hogar es una cuestión de temperatura
Sabe exactamente dónde acomodarse: la curva de mi cintura, el hueco del cuello, el pliegue del brazo. Se instala ahí como si el mundo estuviera diseñado para sostenerla. En esos momentos, todo se aquieta. Entiendo que el hogar no siempre es un lugar, sino una sensación: calor compartido, cuerpos que se reconocen, silencio que no incomoda.
La rutina puede ser una promesa
El desayuno de cada mañana, la siesta compartida, la ventana a media tarde. Gestos pequeños que se repiten hasta volverse lenguaje. Nada extraordinario, pero profundamente estable. Con ella aprendí que la rutina no es monotonía: es una forma silenciosa de decir aquí estoy, incluso en los días en los que todo lo demás tambalea.
El hogar no necesita ser perfecto para sentirse vivo
Hay pelos en el sofá, mantas mal dobladas, juguetes improbables —sí, macarrones— apareciendo donde menos espero. Y, aun así, la casa se siente viva. El desorden que deja no es caos, es prueba.
Prueba de que aquí se juega, se duerme, se quiere.
Aprendí que un hogar no tiene que ser perfecto para ser verdadero.
Vivir sola no es lo mismo cuando alguien te espera
Vivir sola cambia de forma cuando alguien celebra tu vuelta sin hacer ruido. Cuando al otro lado de la puerta hay una presencia que reconoce tu llegada como un pequeño acontecimiento. Descubrí que la soledad no desaparece, pero se transforma: se vuelve más amable, menos áspera, más acompañada.
La libertad también puede ser un gesto de amor
Va y viene por la casa a su manera. Explora, se aleja, vuelve, roza mi pierna, se marcha otra vez. Nunca lo vivo como distancia. Observándola entendí que un vínculo no necesita ser constante para ser profundo. Que la libertad no rompe el amor: lo confirma. Que lo verdadero siempre vuelve.
El amor más pequeño puede sostenerlo todo
A veces sólo pasa a mi lado y me roza con la cabeza. No pide nada. No reclama. Ese gesto mínimo —un contacto leve, un aquí estoy sin palabras— tiene una fuerza inesperada. Con ella aprendí que el amor no siempre llega en grandes escenas. A veces pesa poco, ocupa poco espacio… y aun así lo sostiene todo.
Al mirar este año con un poco de distancia —como cuando revisamos el Spotify Wrapped buscando pistas de lo que nos acompañó de verdad— hay cosas que sí reconozco y celebro. Logros que me costaron, decisiones que me sostuvieron, personas que siguieron a mi lado y otras que llegaron sin avisar y encontraron su lugar. El año tuvo movimiento, crecimiento, ruido incluso. Y también tuvo pausa.
En medio de todo eso, hubo una presencia que no compitió con nada, pero lo acompañó todo. Una forma de estar que no pedía atención, que no interrumpía los días, que simplemente los hacía más habitables.
Aprendí que se puede avanzar sin ir sola del todo. Que el éxito no está reñido con la ternura. Que crecer no siempre implica endurecerse, y que celebrar también puede ser un gesto silencioso, compartido, íntimo.
Este año no fue sólo un lugar al que llegar, sino una forma nueva de quedarse: conmigo, con los vínculos que resistieron, con los que nacieron, con la vida tal y como es cuando diciembre baja la luz y todo se vuelve más honesto.
Y quizá eso sea lo que me llevo: la certeza tranquila de haber construido mucho, y de haberlo hecho acompañada. Incluso en lo pequeño. Incluso sin darme cuenta.
- Un artículo de Andrea Hernández -




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