Vivir a golpe de acelerón

Las criaturas de las cornisas se asoman a los plazos como a pequeños abismos, y se alimentan de la adrenalina que provoca llegar siempre en el último minuto. ¿Pero y si esa adicción a la prisa en realidad tuviera más de dependencia que de heroísmo cotidiano?

Aunque vivo a cientos de kilómetros de la alocada Tramontana, a mí me pasa como a Guitarricadelafuente: “Hechizado de Tramuntana / Estoy rendido al acelerón”. Y esto de llevar un huracán en las costillas -también lo llevo tatuado en el brazo izquierdo, por cierto- puede sonar bastante literario, heroico incluso. Pero en el fondo es una putada. Reconozco que mi naturaleza ingobernable en realidad está dominada por esa maldita adrenalina que se dispara con el tic-tac de la urgencia, de la prisa, 

de la granada hambrienta que tengo por corazón.

Y hay veces -“no muchas, ni tampoco pocas”- que pienso que esta adicción al acelerón roza la patología. Y no me refiero a esa velocidad enfermiza que gobierna el mundo, a esa especie de carrera demencial, de huida hacia delante permanente a la que plantamos cara desde este bastión slow que es Purcuapà Magazine. Hablo de algo mucho más peligroso: de esa estirpe kamikaze que ha -hemos- pulverizado el credo de funcionar mejor bajo presión hasta convertirlo en una forma de existir. 

Porque no es que el riesgo suponga un aliciente para nosotros -que también-: es que sin ese chute de caos ya es imposible arrancar. Como si de alguna forma necesitáramos tantear los límites para activarnos, danzar por el filo para sostenernos, sentir el pellizco del miedo para disfrutar realmente. Somos criaturas de las cornisas, funambulistas de lo cotidiano. 

Cuanto más próxima está la caída, más afinamos la puntería. 

Y así vivimos, derrapando, como si cada plazo fuera un pequeño abismo al que nos hemos asomado con éxito. Y no hay victoria más deliciosa.

“Siempre va con el tiempo justo, siempre parece que no llega. Juega con el límite, lo tantea, lo bordea con una especie de arte invisible. Y así es ella también en la vida: vive al borde del vértigo, pero sin dejar que la vida la desborde”. El anterior director de MiVino, Antonio Candelas, me describió así en el bellísimo artículo donde me presentó como su sucesora. Y creo que nadie había sido tan certero nunca. La emoción al verme tan expuesta fue salvaje, preciosa. Y absolutamente reveladora. 

Pensé que da igual lo pronto o tarde que nos levantemos mi niño de fuego y yo: todos los días pillamos la fila del cole por los pelos. 

Y todos los días me hace explotar de ternura con la misma frase: “Hoy somos los primeros, mami”. Pero no creo que vaya a pasar jamás, sinceramente. Llegar en el descuento es mi sino. Soy una procrastinadora profesional. ¿Será locura transitoria o permanente? ¿Escribo esta columna de madrugada porque me inspiran más las noches o porque he olvidado cómo hacerlo sin el latido extremo de la urgencia?

Toda esta épica quizás responda a algún trauma de otra vida. Yo misma escribí a mi padre -que murió tan terriblemente joven- que me había condenado a amar la vida como él la amaba: con la intensidad febril de un loco. De un genio. Siempre presa de una urgencia crónica, incapaz de latir al ritmo de los demás. “Nunca tuve opción”. ¿Pero y si la tengo?

Mi cuerpo y mi cabeza se han acostumbrado a vivir en estado de catástrofe. 

Y sospecho que tal vez confundan el acelerón con la creatividad. 

La ansiedad con la motivación. “Jugarse la piel / Por una vida insólita”. Y aun así no soy capaz de parar para descubrir si todavía puedo avanzar sin la prisa como motor, sin ese ritual dramático que me empuja siempre al último minuto.

Cuando me propusieron colaborar en esta maravilla de revista solo podía pensar en lo impostora que me sentía, yo que no bajo de los 300 pensamientos por minuto. Entonces, una de mis amazonas más amadas me dijo: “Realmente creo que eres la persona más adecuada para hablar de vida pausada: eres un colibrí, que parecen detenidos pero sus alas pulverizan el aire. Así eres tú: te detienes en cada detalle, en cada brillo y cada campanilla que hay en el mundo. La gente paga cantidades indecentes de dinero buscando esa magia que a ti te metieron en el software del alma”.

Cómo me gustaría verme un rato a través de sus ojos, siempre prendidos de asombro. Y también pensar que algún día -quizás pronto- me atreva a rebelarme contra la urgencia, a abrazar la pausa. A abandonar la creencia absurda de que la emoción verdadera sólo aparece cuando todo es intenso y extremo. 

Leo que la calma es otra textura de la emoción. Y ahí es justo donde quiero llegar. 

Seamos cisnes por una vez.


- Un artículo de Laura López Altares -  


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